Baja California, sede de la reunión mundial de los productores de vino. México y la OIV

El pasado 12 de julio se anunció que México, específicamente el puerto de Ensenada, Baja California, será sede del 43º Congreso Mundial de la Viña y el Vino. El auge de la industria vitivinícola en México ha situado a nuestro país nuevamente en el mapa de los productores de vino. En 2017 volvió a ser miembro de la Organización Internacional de la Viña y del Vino (OIV), organismo intergubernamental de carácter científico, técnico, jurídico y económico relativo a la vitivinicultura. Aunque la comunicación ente la OIV y los productores de vino en México data de los años veinte y se mantuvo como país miembro hasta 2007, el regreso de nuestro país a este organismo después de 10 años es de suma importancia para la vitivinicultura nacional porque representa un acercamiento a las innovaciones científicas, técnicas y enológicas para todos aquellos involucrados en la viticultura y la vinicultura.

Cuatro décadas atrás, los miembros de este organismo decidieron que el XVII Congreso de la OIV se llevara a cabo en Tijuana; en septiembre de 1980 este evento se realizó por primera vez fuera de Europa. A principios de ese mes se reunieron en la localidad fronteriza los 30 representantes de los países que pertenecían a la OIV, que en conjunto producían 90% el vino que se consumía a nivel mundial, para discutir aspectos técnicos, innovación en la industria, comercio y prácticas enológicas. De manera simultánea se realizaron degustaciones, muestras gastronómicas y convites a cargo de empresas vinícolas locales. El evento concluyó con las festividades de la vendimia en las instalaciones de la empresa Pedro Domecq en valle de Guadalupe, llamado “Valle de Calafia” de acuerdo con el decreto publicado en el Periódico Oficial del Estado de Baja California el 31 de agosto de 1980, en vísperas del inicio del congreso de la OIV.

Fuente: XVII Congreso Internacional de la Vid y el Vino, México, Casa Pedro Domecq, 1980.

La realización de este evento fue posible gracias a gestiones de funcionarios del gobierno federal y al interés del gobernador Roberto De la Madrid; el Congreso recibió atención de los medios de comunicación regionales y generó una serie de publicaciones que han hecho posible comenzar a explorar distintos aspectos que se conjugaron en este acontecimiento.[1]

Fuente: XVII Congreso Internacional de la Vid y el Vino, México, Casa Pedro Domecq, 1980.

Este episodio poco conocido en la historia de la vitivinicultura en México durante el siglo XX y la inminente realización del congreso en 2022, en una coyuntura de auge y proyección internacional de esta industria con ciertas similitudes a la que vivió en los años setenta y ochenta, son una oportunidad para examinar las razones y las gestiones que hicieron posible la realización de dicho congreso en México, así como los alcances de este evento en la vitivinicultura mexicana. A primera vista, la promoción de distintas regiones vitivínicolas en nuestro país y, en particular, de los valles bajacalifornianos como zonas de producción de vino de calidad, pero, sobre todo, como atractivos destinos turísticos están presentes en la campaña publicitaria del 2021, al igual que a principios de la década de los ochenta. [Link al video sobre el 43º Congreso de la OIV: https://fb.watch/79LxCQBt_g/.

Consideramos que el análisis del primer Congreso de la OIV en México, y el auge de la industria vitivinícola mexicana en esa década, permite establecer comparaciones con la etapa contemporánea de la vitivinicultura mexicana y las ventajas que puede ofrecer a esta industria y su sustentabilidad en las próximas décadas los vínculos con la OIV.

Dra. Diana L. Méndez Medina

Instituto de Investigaciones Históricas

Universidad Autónoma de Baja California

Referencias

[1] Actualmente trabajo en la redacción del capítulo de libro: “México en la OIV: la vitivinicultura mexicana ante el contexto internacional, décadas 1970-2000”.

La comprensión del pasado en clave cultural: “El regreso de Martin Guerre” de Natalie Zemon Davis

Hace treinta y ocho años se publicó El regreso de Martin Guerre,[1] obra que señaló un interesante camino metodológico para la disciplina histórica, convirtiéndose en un referente de la historia cultural, al tomar distancia de los grandes hechos y personajes, y poner el lente en la cotidianidad de los sujetos. Si bien, es un texto clásico, su lectura se mantiene vigente precisamente por el ejercicio interpretativo que realizó su autora, la historiadora estadounidense Natalie Zemon Davis, quien, de un modo lucido, resaltó las vidas “comunes” para explicar uno de los periodos de mayor cambio en las esferas sociales, como fue el siglo XVI. En este sentido, su revisión crítica constituye una oportunidad para reflexionar y repensar los múltiples enfoques y visiones que pueden desarrollarse en la escritura de un trabajo histórico.     

¿Cómo se construye la historia de un rumor? ¿Cómo hacer la versión de una historia con fuentes fragmentadas y difíciles de hallar? ¿Qué hipótesis construir para superar una versión fantástica de la realidad? ¿Qué hacer con la documentación limitada del archivo? Estas pueden ser algunas de las preguntas que más de un historiador ha tenido que sortear; incógnitas palpables en la construcción de un corpus investigativo y en la búsqueda y organización de material que pretende llenar de sentido histórico a la comprensión del pasado. Dicha problemática se hace presente cuando se estudian hechos históricos, que se encuentran en los linderos entre lo ficcional y la realidad, como es el caso de la proliferación de relatos como leyendas y cuentos, que son comunes a todas las sociedades. Así, su existencia, marcada por la oralidad y la vida comunitaria, nos habla de las relaciones sociales y los vínculos con el pasado de estos grupos. En ese marco, la cuestión historiográfica de su abordaje sigue intacta: ¿Cómo se pueden historizar estas narrativas populares?

Esta pregunta es resuelta de manera magistral por Zemon Davis en El regreso de Martin Guerre, al profundizar en las maneras de asir la historia cultural y la configuración de versiones históricas del pasado. Para la investigadora, la nebulosa historia de un marido fugitivo, una esposa traicionada y un impostor, contada como leyenda en el norte de Francia, se convierte en un vivo interés por entender las transformaciones de la ruralidad francesa en el siglo XVI.

Antes de profundizar en el texto, es indispensable señalar las influencias de la historiadora, en las que se hace mención del panorama de una intensa obra que deambula entre la cultura y lo social, abordajes claves para entender la historia de Martin Guerre.     

La historiadora norteamericana Natalie Zemon Davis es una de los referentes más destacados de la Historia Cultural. Junto con los investigadores Carlo Ginzburg (1939), Roger Chartier (1945) y Robert Darnton (1939), son representantes de una corriente historiográfica que se destacó por estudiar los fenómenos de la cultura a través de lecturas novedosas y juiciosas. El uso y tratamiento de fuentes diversas como la imagen y la literatura; sumado a su particular visión de interpretación a través del estudio de casos locales y cotidianos, son otras de las características que los distinguen. No obstante, estos autores no se reconocieron como una escuela propiamente tal. Más bien, como un conjunto de historiadores que buscaron superar la historia de las Mentalidades, desplazando el giro cuantitativo y psicoanalítico de la disciplina, por una tematización de la historia en donde las representaciones, imaginarios e identidades de los sujetos comenzaron a emerger como conceptos analíticos. Bajo esta experiencia investigativa, Zemon Davis construyó su obra, preocupada por abordar la historia social y cultural de Francia y el resto de Europa, centrándose en una mirada original de las fuentes judiciales y  literarias.[2] 

En El regreso de Martin Guerre la historiadora deja entrever el enfoque cultural de su propuesta, intentado reconstruir una historia ficcional, por una versión cercana a la verosimilitud de los acontecimientos y fuentes.[3] El texto fue llevado a la narrativa cinematográfica, con el fin de reconstruir una versión de la leyenda y tuvo a Zemon Davis como parte del equipo de elaboración del guion del celuloide. Así, su interés investigativo y su trabajo en archivos y crónicas de la época encontró un espacio documental. Cabe resaltar que esta investigación se convirtió en una experiencia notable de la relación entre cinematografía e historia; un interesante ejercicio para la comprensión del relato del pasado desde las representaciones del cine.

La escritura del documento, tiene influencias de referentes como el antropólogo Clifford Geertz y el miembro de los Annales Emmanuel Le Roy Ladurie. Sin ligarse al estudio de las simbologías y las mentalidades, su método puede vincularse con la microhistoria de Levi y Ginzburg –imposible pensar en Guerre sin remitirse a Menocchio –, donde la imaginación y el estudio de la cotidianidad de los personajes desde una perspectiva micro, los convierte en actores centrales para el historiador. La tesis central de Zemon Davis al desenterrar la leyenda, no solo es hablar de una historia amorosa, sino historizar los elementos que constituyeron a la sociedad campesina de Francia en el siglo XVI. En síntesis, los intereses de la autora son señalar lo trasversal a la sociedad rural como la religión, los casamientos, la justicia, las nacionalidades, la propiedad privada, las tensiones económicas y los códigos que componen lo cultural y lo social en Francia durante este periodo.[4]

En la versión tejida por la historiadora norteamericana, una joven pareja de esposos, Martin Guerre de origen vasco y la joven Bertrande de Rols, viven una supuesta existencia tranquila en los Pirineos, en la ciudad de Artigat en 1540. Lo que en realidad parece una unión familiar consolidada, se complica por los problemas sexuales de Guerre que no puede tener hijos, mientras en el pueblo recibe numerosas burlas por su nombre vasco, su delgadez y la incapacidad de concebir. A pesar de ello, Bertrande logró quedar embarazada y con ello disipar los desaires de los pobladores de la ciudad, pero esto no evitó las continuas tensiones de la pareja por los problemas económicos. En un intento desesperado por conseguir algo de dinero, el hombre robó a su padre un puñado de trigo, situación que lo obligó a abandonar la ciudad. 

Después de la fuga, cuando Bertrande pierde la esperanza de encontrar a su esposo, una tarde cualquiera apareció ante sus ojos y los de su familia un extraño Martin Guerre. Por supuesto, no se trató del mismo joven de origen vasco; esta vez era un impostor llamado Arnaud du Tilh, Pansette,[5] quien planeó suplantar al fugitivo. Al principio la familia y los vecinos sospecharon del intruso, pero el astuto Pansette, dotado de una inteligencia única,supo ganarse los favores amorosos de Bertrande y el reconocimiento de los pobladores. La mentira prosperó por muchos años, hasta que Arnaud recibe la herencia de sus padres e intenta dejar en la ruina a su “tío” Pierre Guerre, en un panorama cada día más tenso en Artigat, por las confrontaciones entre católicos y protestantes.

Por último, la avaricia de Pansette y la codicia de Pierre Guerre chocaron. El segundo movilizó toda la familia y el pueblo contra el impostor, incluso Bertrande se lanzó contra él. De esta manera, los implicados recogieron las pruebas suficientes para llevar a juicio a Tilh. Una vez en los tribunales, el impostor se defendió por medio de su prodigiosa memoria, pero justo el día del veredicto final, el verdadero Martin Guerre hizo presencia ante el juez y su familia. La aparición del auténtico personaje, quien durante su ausencia viajó por diferentes partes de España y perdió una pierna en la guerra, fue el final del engaño para Pansette, quien fue sentenciado a morir en la horca.[6] Al final, una acongojada Bertrande volvió a la soltería, el tío Pierre continuó con su avaricia y disputas familiares, mientras que Martin Guerre volvió a casarse con otra mujer.

Esta curiosa historia de amor, representó las maneras en que se tejieron las relaciones al interior de una sociedad rural, en efervescencia por la llegada del protestantismo y un sistema jurídico plagado de incisos medievales y dificultades legales para desarrollar juicios. La versión de Zemon Davis, utiliza como pretexto la historia del impostor, para señalar fenómenos tan sobresalientes como la migración entre Francia y España; la problemática de la propiedad privada y la tenencia de la tierra; la administración de la justicia y la aplicación del castigo; y, en un sentido más emocional, las problemáticas de la vida pública y privada. Estos factores nos indicaron las temáticas que vivieron los campesinos franceses, inmersos en una ciudad en formación y una modernidad en tensión por las rupturas con la Edad Media.

En conclusión, la propuesta de Natalie Zemon es una visión del siglo XVI, desarrollada a partir de la interpretación de los archivos judiciales y las crónicas de Jean de Coras (1561) desde una mirada novedosa. No obstante, podemos criticar de la lectura, el anacronismo en la utilización de conceptos como la moda y el casamiento, que, al no anunciarse en perspectiva, pierden el rigor histórico de acuerdo a los hechos, pues suponen un manejo conceptual que puede dificultar el análisis histórico. Otro vacío, es lo relacionado a la historia de las religiones, pues queda ausente la problematización de los efectos sociopolíticos del protestantismo en Francia y su impacto en los conceptos–fuerza que aborda la autora.  

Igualmente, se puede afirmar la presencia de una escritura creativa e histórica, que permite al lector sumergirse en una novela de época, pese a encontrarse con un libro clásico de la historia cultural sobre Europa. Lo que constituye un ejemplo notable, de lo que Hayden White denominó la imaginación histórica;[7] la construcción que hace un historiador para dotar de sentido un acontecimiento del pasado, mediante la utilización de recursos como las fuentes y la escritura.   

Esta lectura es una oportunidad para que jóvenes investigadores e interesados en profundizar en el conocimiento histórico, puedan descubrir un ejerció original de análisis del pasado; una mirada reflexiva y novedosa de fuentes como los archivos judiciales. Al igual, un ejercicio único para repensar el lugar de la(s) historia(s) regional(es) en la disciplina.

Juan Camilo Riobó Rodríguez

Referencias

Castañeda, Lobsang. Historia de una impostura, Francotirador, pp. 64 – 64. Recuperado de http://www.uam.mx/difusion/casadeltiempo/09_oct_2014/casa_del_tiempo_eV_num_9_63_65.pdf

Davis, Natalie Zemon. “El Historiador y los usos literarios”, Revista Historia y Justicia N.º 1, Santiago de Chile, 2013.

Davis, Natalie Zemon. El Regreso de Martin Guerre, Antonio Bosch Editor, Barcelona, 1983.

White, Hayden. Metahistoria: la imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, Fondo de Cultura Económica, México, 1992.

[1] Natalie Zemon Davis, El Regreso de Martin Guerre, Antonio Bosch Editor, Barcelona, 1983.

[2] Natalie Zemon Davis, “El Historiador y los usos literarios”, Revista Historia y Justicia N.º 1, Santiago de Chile, 2013, pp. 1 – 7.

[3] Lobsan Castañeda, Historia de una impostura, Francotirador, pp. 64 – 64.

[4] Natalie Zemon Davis, El Regreso de Martin Guerre, p. 20.

[5] Natalie Zemon Davis, El Regreso de Martin Guerre, p. 37.

[6] Natalie Zemon Davis, El Regreso de Martin Guerre, pp. 77 – 115.  

[7] Hayden White, Metahistoria: la imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, Fondo de Cultura Económica, México, 1992.

Pueblos fantasma en Baja California

La ebullición y expansión demográfica de las grandes ciudades de la franja fronteriza de Baja California han dominado el interés historiográfico y de los cronistas de la entidad. Este acaparamiento ha relegado a tres pueblos “olvidados” -dos de ellos deshabitados- del desierto central del Valle de los Cirios, en la parte sur del estado, colindando con el paralelo 28 que divide la península, de manera artificial, en dos. 

Fue a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX cuando la minería empresarial y de baja escala propiciaron la migración de gambusinos artesanales desde distintas partes de la península, del país y del extranjero para habitar y trabajar en tres lugares comunicados por caminos rurales, de los cuales solo quedan vestigios fantasmagóricos. La actividad económica producida en esta región fue tan importante, y tan numerosa su población -de acuerdo con su contexto histórico- que se planteó la posibilidad al presidente Lázaro Cárdenas de constituir un tercer partido central en el territorio de la península. 

Imagen 1:  Leon Diguet, ca. 1900, Gambusinos en Calmallí

Gambusinos en Calmallí, 1900. Autor: Leon Diguet

Calmallí, toponimia cochimí que significa “el león en el aguaje” según la tradición indígena reportada por Arthur North, era una de las rancherías pertenecientes a la misión jesuita de Santa Gertrudis. El descubrimiento de vetas minerales de oro en el lugar en 1883 concretó el establecimiento de la empresa minera Ibarra Mining Company -había que poner nombre en inglés para apantallar- dando comienzo a una población con casas, escuela, tiendas, registro civil y, por supuesto, un salón de baile. Hace ya dos años me aventuré solitario en una camioneta del 99 por un camino pedregoso para conocer ese pueblo. Después de una llanta ponchada, para mi sorpresa, llegué al lugar que alcanzó a tener hasta 300 trabajadores y estaba completamente desolado. Solo algunos vestigios de cimentación quedan hoy en el lugar, testigos mudos del bullicioso pueblo minero que fungió en sus mejores tiempos como cabecera municipal. 

Ruinas de Calmallí, 1971. Autor: Harry Crosby

La mina de Calmallí, vendida por un sinaloense a empresarios californianos, se fue a la quiebra tras una prolongada huelga obrera. Emprendí entonces la travesía al Campo Alemán -ignoro la razón del nombre-, un pequeño pueblo minero dependiente de Calmallí. Confieso que es un poco espeluznante llegar a los edificios en ruinas en el silencio del desierto, solo interrumpido por el rechinido de un papalote que servía para sacar agua de un profundo pozo. Más tétrico es entrar a unas cuevas excavadas en paredes rocosas donde habitaban los gambusinos que ahí buscaban oro, utilizando un artefacto de madera confeccionado para utilizar el aire, en lugar del agua, para separar el oro de las piedras.

Campo Alemán, 2019. Autor: Gabriel Fierro

La producción aurífera del Campo Alemán fue tan importante en sus mejores días, que los Distritos norte y sur del territorio de Baja California se “peleaban” por tenerlo bajo su jurisdicción, llegando a enviar una comisión dictaminadora que hiciera las medidas correspondientes para determinar si estaba por arriba o por debajo de la línea imaginaria del paralelo 28. Como spoiler, los dueños querían pertenecer al Distrito sur, pero se dictaminó que pertenecía al norte. El pueblo ahora es propiedad privada, pero sigue deshabitado, siendo el panteón con tumbas antiguas y recientes -personas nativas que quisieron ser sepultadas ahí, aunque murieron en otras poblaciones- el único vestigio memorial de un pueblo pujante convertido en fantasma.

Panteón del Campo Alemán, 2018. Autor: Gabriel Fierro

Mi camino continuó más al sur, hasta llegar a otro poblado llamado El Arco, fundado a doce kilómetros al sur de Calmallí. El colorido paisaje de montañas verdes, rojizas y amarillentas dan cuenta de la riqueza mineral del lugar. Los restos de las casas de adobe -tan apropiado para las altas temperaturas del verano- con sus vigas de madera susurran la historia de otro pueblo minero próspero en la extracción de oro en las décadas de los veinte y treinta del siglo pasado. El Arco no solo tuvo su registro civil, escuela y otros edificios, sino que además conserva en pie una iglesia con techo de lámina roja -como los usados por los ingleses- y hasta huellas de dos aeropuertos, uno para aviones ligeros y otro para aviones de carga. La empresa minera era de estadunidenses y, según historiadores, llegó a emplear a mil trabajadores. 

En el Arco sucedieron disturbios (1937-1939), poco estudiados, de trabajadores sindicalizados que se fueron a la huelga reclamando mejores condiciones de trabajo y el cumplimiento de la Ley federal del Trabajo. Los amotinados también incluían en sus demandas poder elegir democráticamente a su delegado de gobierno, algo que por cierto no sucede todavía en nuestros días. La represión por parte de los empresarios en contubernio con las autoridades civiles y policías rurales fue brutal, llegando al extremo de tener un agremiado asesinado y la destitución de un policía por “abuso de autoridad” contra los mineros -siempre hay un chivo expiatorio. Ignoro si el alma en pena de ese minero asesinado ronde todavía por ahí en las noches en busca de justicia laboral. Al final la mina fue “quitada” a los empresarios extranjeros para ser administrada por los mismos trabajadores. Pero la mala administración y la falta de mejoramiento tecnológico terminó por clausurar la mina y pasar a formar parte de la lista de pueblos fantasma.

El Arco, 1956. Autor: Howard Gulick

De estos tres pueblos mineros, solo El Arco tiene actualmente unas cuantas familias y trabajadores estacionales que van por temporadas desde Guerrero Negro. Un derruido cuartel indica que ahí estuvo instalado un regimiento militar hasta entrada la década de los ochenta, algunos de esos soldados trabajaron en obras de conservación de la misión Santa Gertrudis. Hoy en día, un proyecto de la minera transnacional Grupo México amenaza con trastocar el pasaje con la extracción de minerales a cielo abierto, dejando un daño irreversible en el lugar. De concretarse este proyecto, ya no se tendrían pueblos habitados por fantasmas, sino todo un espacio desvanecido.  

La exclusión de las tres localidades mineras del desierto central del main road con la carretera transpeninsular que se desvió a Guerrero Negro ante el surgimiento de otro pueblo minero con la incipiente Exportadora de Sal -la sal es también un mineral-, acelerando el deterioro de estos pueblos mineros. La rudeza de sus caminos pedregosos y la inclemencia de su clima cálido hicieron poco atractiva la rehabilitación de estos. Por ahora, hasta que proyectos extractivistas y depredadores no se comiencen, seguirán siendo pueblos fantasmas de la Baja California.

Camino al Arco, 1971. Autor: Harry Crosby

Gabriel Fierro Nuño

IIH-UABC

Historia de la oposición política en Baja California. Rumbo a la contienda electoral del 2021

En el mes de junio de 2021 se llevarán a cabo “las elecciones más grandes de la historia de México”. El eslogan seguramente lo habrá escuchado desde los últimos meses del año pasado cuando empezaron a moverse y a reproducirse declaraciones de los políticos de todas las posturas del ajedrez electoral nacional. La novedad de la contienda en Baja California —1 gobernador, 25 diputaciones de mayoría relativa y representación proporcional, 5 presidencias municipales con sus respectivos síndicos y 63 regidurías de mayoría relativa y representación proporcional— es que la reelección y “el chapulineo” de políticos de un partido a otro, individuales o coligados, no ha causado mayor empacho entre la oposición histórica, los medios de comunicación y las redes sociales que dominan el escenario mediático. ¿Sigue existiendo oposición política al partido en el poder? ¿Cómo historiar y analizar a los partidos políticos opositores sin el color y los principios básicos que los diferenciaba entre sí y los impelía a convencer al electorado como opción de gobierno?

Giovanni Sartori, especialista en el desarrollo de los sistemas políticos democráticos de occidente, al reflexionar sobre “el príncipe maquiaveliano” explica por qué la política no obedece a la moral. A juicio del politólogo “hay hombres políticos desaprensivos, sin principios, que sólo se ocupan de intereses y cálculos de poder”. A contra pie de quienes tienen la mirada puesta “en los ideales que persiguen”; es decir, la distinción entre el político idealista y el realista, entre el demagogo y el que busca el cambio de su sociedad, “entre el sustantivo y la sustanciación” [1]. De ahí que la historia política y de la oposición al poder sea una de las razones de estudio de quienes se dedican a reconstruir los procesos de esa índole, es decir, seguir en el tiempo las propuestas de orden y conflicto de una sociedad.

En el ordenamiento político de 2021, la competencia por los escaños y puestos públicos se da entre una decena de partidos políticos nacionales: los históricos de la primera mitad del siglo XX (PAN, PRI), los emergidos en el tránsito democrático de la segunda mitad de aquella centuria (PRD, PT, PVEM) y los de reciente hechura (MC, Morena, PES, RSP y FM). Súmese además a los partidos estatales o locales como en el caso de Baja California (ESBC, PBC).

En México, los estudios clásicos sobre la historia política contemporánea han centrado su análisis en el presidencialismo y en la tradición del fraude orquestado desde el sistema político dominante. Perspectiva que ha dejado de lado el relato de los opositores, sus canales de manifestación no institucional y los procesos electorales de manera comparada. Podrá argumentarse que por tal motivo ha prosperado “la nueva historia política”, donde el enfoque de la lente se mueve a los protagonistas, los procesos y las regiones.

Permítaseme entonces la paráfrasis de que, la contienda electoral de 2021 es la “madre de las contiendas recientes”, no solo por lo que se juega a nivel distrital y municipal sino porque los actores sociales que compiten por la gubernatura de Baja California tienen matices, demandas y comportamientos diferentes a nuestra primera contienda electoral estatal (1952, 1953). El discurso está alejado de los opositores al sistema político de otro tiempo, que mudaron considerablemente de perseguidos (1959, 1968, 1986) a perseguidores, amén de la descomposición al interior de los partidos políticos, la corrupción real o de simple discurso (2006, 2012, 2018), aparte del acoso judicial que campea en estos días en contra de los opositores al sistema. Argumentos para abordar la oposición al poder político como objeto de estudio de larga temporalidad en México y en nuestra entidad.

Por ejemplo, se ha creído que el principal opositor institucional en Baja California ha sido el Partido Acción Nacional, por enfrentarse a la política federal, el corporativismo y el fraude electoral desde los primeros trazos del blanquiazul en el noroeste del país [2]. Sin embargo, habría que seguir la pista de los opositores no institucionales como los sindicatos que movilizaron numerosos contingentes previo al corporativismo oficial y el movimiento henriquista (Gral. Miguel Henríquez Guzmán) ceñido a la Federación de Partidos del Pueblo, con fuerte presencia en el Territorio Norte. Poco se ha dicho de sus actores, demandas y las experiencias vividas por el oficialismo, como la muerte de Rosendo Moirón Cota. O bien la llegada de familias abandonadas a su suerte en la colonia María Auxiliadora, del Territorio Sur de la Baja California, vinculadas al sinarquismo, cuyos integrantes emigraron al norte y se incorporarían más tarde al PRI, al PAN y al Partido Demócrata Mexicano.

En este sentido, una mirada más acuciosa a las fuentes documentales y los repositorios históricos, así como recurrir a los métodos y el análisis histórico permitirán reconstruir a la ciudadanía post Segunda Guerra Mundial en Baja California. También evitar clichés como que todos los católicos seguían y votaban por el PAN o que los empresarios de Mexicali, Tijuana, Ensenada, Tecate seguían al PRI por convenir a sus intereses económicos. Hay referencias de que el Partido Comunista Mexicano apoyó la zona libre fronteriza y el PAN defendió a los posesionarios de la zona del río Tijuana (Cartolandia), a los migrantes y a las mujeres [3]. ¿Vale la pena estudiar qué fue y cómo se desenvolvió la oposición política en la entidad? [4]

Los estudiosos de la política y la historia partidista de Baja California se han concentrado en el PAN, que buscó “reivindicar los valores de la democracia liberal y garantizar la transparencia en los procesos electorales”[5] enfrentar los abusos del gobernador en turno y el uso de la credencial para votar [6]. Además de contar con una base fuerte entre las clases medias, el empresariado y la academia [7] entre los jóvenes universitarios de la década 1960 [8]. En esa brega temporal el blanquiazul ganó presencia en la entidad, incluso entre los defensores de las causas sociales, conquista que cuajó cuando finalmente le fue reconocido el triunfo electoral en el municipio de Ensenada (1983) y la gubernatura (1989). ¿Qué pasó con el PRI o los otros opositores? ¿Desaparecieron, se reinventaron, mudaron a otra opción?

Para ir cerrando esta reflexión debo advertir que las tesis del Programa de Maestría y Doctorado en Historia de la UABC van arrojando luces sobre el tema político, sindical, electoral y, en general, de las y los protagonistas del segundo tercio del siglo XX. Investigaciones que integran nuevos actores sociales y sugieren propuestas de periodización distintas a los cortes por sexenios o de elecciones federales.

Las décadas 1960 y 1970 perfilan un momentum distinto al interior de Baja California por diversas razones. Verbigracia, por la tensa relación con California que explotaba la mano de obra mexicana más allá del Acuerdo Bracero, apremio por el tráfico de estupefacientes no solo a través de las aduanas sino al interior de las cárceles y el temor a la presencia soterrada de la Liga Comunista 23 de Septiembre en la región [9].

Es sabido que los informantes de la Secretaría de Gobernación en Baja California daban seguimiento a las actividades de los partidos políticos (Acción Nacional, el Comunista Mexicano, el Popular Socialista y el Auténtico de la Revolución Mexicana), sin embargo, la relatoría de los agentes confidenciales en esos años se extendió al Tratado Internacional de Límites y Aguas por la salinización del agua del Valle de Mexicali, los conflictos laborales en el Hipódromo Agua Caliente, el Sindicato de Trabajadores de Espectáculos Públicos “Alba Roja”, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, la Universidad Autónoma de Baja California y Vanguardia Universitaria A.C. Al mismo tiempo pusieron atención a la postura de los opositores políticos en las manifestaciones y mítines por el alza de tarifas eléctricas y las huelgas de los Sindicatos de Conservas California, el de Trabajadores de la Industria de Gas y Similares, en del Campo Experimental del Valle de Santo Domingo o la planta despepitadora “Anderson Clayton” [10].

Así que desde la mirada histórica cobran importancia aquellos eventos para integrarlos a la historia política de Baja California y que explique mejor cómo llegamos al menú político electoral de este año 2021. Discernir los cambios políticos en la entidad fronteriza con el municipio más poblado del país (Tijuana), según el Censo de 2020, y el municipio más extenso, pero sin representación real en términos numéricos (Ensenada). A la par, si se votará por la inercia del proceso federal anterior o si verdaderamente se sufraga por el liderazgo de la/el candidata/o y los valores que representa el partido. Al final del día, la Historia importa y aporta conocimiento para entendernos en el presente.

Jesús Méndez Reyes

(IIH-UABC)

jmreyes@uabc.edu.mx

Referencias

[1] Sartori, Giovani (2011). ¿Qué es la democracia? México, Santillana Ediciones, reimpresión, p. 42.

[2] Telegrama del Lic. Salvador Rosas Magallón al Lic. Manuel Gómez Morin, Tijuana, B.C. en: Archivo Manuel Gómez Morin, exp. Correspondencia Personal, s/f.

[3] Méndez Reyes, Jesús (2016). “Historia de género y participación política en Baja California: el caso de Rafaela Martínez Cantú”, IX Simposio de Historia de Tijuana, Instituto Municipal de Arte y Cultura.

[4] Discurso de Luis H. Álvarez, candidato a la presidencia de México, en Tijuana, B.C. en: Acervo Documental del Instituto de Investigaciones Históricas de la UABC, colección Rafaela Martínez Cantú, s/f.

[5] Hernández Vicencio, Tania (2009). Tras las huellas de la derecha, el Partido Acción Nacional, 1939-2000, México, ITACA, p. 62.

[6] Espinoza Valle, Víctor Alejandro (2017). “Bipartidismo, participación y alternancia. Dos décadas de elecciones en Baja California” en: Poom Medina Juan y Manuel Trujillo (coordinadores), 20 años de alternancia electoral en el noroeste de México, México, INE, pp. 51-78.

[7] González Félix, Maricela y Mario Alberto Magaña Mancillas (2018). Militancia política en Baja California. Del partido hegemónico a la alternancia, México, UABC.

[8] López Ulloa Luis Carlos y Alejandro Galván Pacheco (2013). Huellas democráticas de una Revolución cívica. Reseña histórica del Partido Acción Nacional 1949-1989, México, Fundación Rafael Preciado Hernández, pp. 31-34.

[9] Archivo General de la Nación, fondo Investigaciones Políticas y Sociales (AGN-IPS), caja 1117.

[10] AGN, IPS, caja 1121, exps. 1 y 4.

CINCO LIENZOS PARA MI MAESTRO MIGUEL LEÓN-PORTILLA

El día 24 de febrero nuestro Instituto de Investigaciones Históricas llevó a cabo la presentación en línea del libro Cinco lienzos para mi maestro Miguel León-Portilla, del poeta náhuatl Natalio Hernández. Dio inicio al evento la Dra. Diana Lizbeth Méndez Medina, directora del Instituto, expresando que la presentación se hacía en el marco del Día Internacional de la Lengua Materna, declarado por la UNESCO a fin de fomentar el multilingüismo y la diversidad cultural. De ahí la pertinencia de presentar un libro escrito en náhuatl y español en homenaje a quien se significó en el cultivo de las lenguas nativas y a la vez como factor primordial en la fundación de este instituto.

Desde la capital del país la Dra. Ascensión Hernández Triviño, que como historiadora y esposa del Dr. León-Portilla tuvo la oportunidad de conocer a fondo su pensamiento, manifestó que el libro de Natalio Hernández reconstruye atinadamente las cinco fases que se dieron en la percepción que tuvo él del homenajeado, como maestro, amigo, colega, hermano mayor y finalmente sabio/tlamatini.

Otro matiz de pluralidad lingüística lo dio la poeta Emilia Buitimea Yocupicio, de Etchojoa, Sonora, que en lengua mayo celebró la obra literaria del maestro Natalio y su labor al frente de la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas. El cronista de Ensenada, Baja California, Arnulfo Estrada Ramírez, hablante de kiliwa, dio voz a los aborígenes de la entidad, cuyas lenguas lamentablemente, en varios casos, están en peligro de extinguirse.

Al intervenir el poeta Natalio Hernández puso de manifiesto la forma en que se duplica la belleza de su poesía al decirla en náhuatl y en español. Finalizó incluyendo el celebrado poema -también bilingüe- de León-Portilla, en el que lamentara que “Cuando muere una lengua… la humanidad se empobrece”.

El cierre de participaciones fue con la del Cronista de Baja California Sur, Eligio Moisés Coronado, que aludió a la atención que prestara el Dr. León-Portilla al estudio de las lenguas nativas de estas latitudes, dentro del sentido de unidad peninsular bajacaliforniana, que siempre tuvo presente.

Al finalizar se recibió un considerable número de comentarios de quienes siguieron la presentación en Tijuana, Mexicali, Ensenada, Ciudad de México, Oaxaca, Veracruz, San Diego, California, Nueva Escocia, Canadá y otros lugares. La moderación del evento estuvo a cargo del Dr. David Piñera, investigador del Instituto, con el apoyo técnico de la Lic. Monserrat Espíndola y el Mtro. Víctor Flores.

NOVEDAD EDITORIAL: La paradoja neopentecostal. Secularización y movimientos evangélicos en el campo religioso de la Baja California.

Este libro analiza el neopentecostalismo como ca­tegoría analítica y como movimiento religioso. Para hacer­lo, recurre al estudio de caso de una iglesia considerada neopentecostal en Tijuana. En este sentido, se plantean preguntas sobre qué tan pertinente es la categoría para explicar qué es dicho fenómeno religioso, cuáles son los factores que han permi­tido que el campo religioso de Tijuana parezca ser propicio para este y otros movimientos evangélicos, y cómo puede explicarse a través de la reformulación de las teorías de la secularización. Para res­ponderlas, se recurre a conceptos como campo religioso, ca­pital religioso, institución religiosa, así como al estudio de las trayectorias de las iglesias, los movimientos evangélicos y los creyentes a través del tiempo social. 

Por lo tanto, se analiza el cambio religioso con las herramientas conceptuales de la sociología desde una perspectiva histórica. Por supuesto, es importante considerar lo que los estudios religiosos se han representado como un movimiento continuo a nivel global desde el pentecostalismo de principios del siglo XX. Pero también lo es poner atención en las rupturas y discontinuidades entre los viejos y nuevos pentecostales, razón por lo cual resulta útil plantear el estudio de caso (la Iglesia Evangélica San Pablo), tanto para analizar la dimensión institucional junto con la agencia individual, así como para esclarecer el devenir de los movimientos religiosos.

Es en ese sentido que se estaría hablando de lo que Braudel llamó el tiempo social, es decir, aquel ritmado por los procesos que tienen como sujetos a las colectividades. A través de esta propuesta se busca considerar el campo religioso no sólo como el resultado de las relaciones diferenciales entre los agentes en un momento dado, sino como el espacio en el que coexisten diversas temporalidades asociadas a estructuras institucionales, prácticas, creencias, capita­les y disposiciones particulares. En el caso de Baja California su campo religioso ha sido propicio para las iglesias y movimientos evangélicos, entre otros factores, por lo reciente de su formación, la relativa simultaneidad de los procesos de institucionalización de sus cristianismos y la agencia de sus sectores laicos.   

Finalmente, puede considerarse que el caso estudiado muestra que el llamado neopentecostalismo designa en realidad a una variedad de instituciones (iglesias independientes) y movimientos religiosos (con el carismático como pionero) de diferentes tipos y no necesariamente es una etapa del pentecostalismo global, del que lo separan formas de organización, historia, prácticas y creencias. Por lo tanto, dichos movimientos serían la expresión de agentes institucionales e individuales que buscan reconciliar su oferta-vivencia religiosa con sectores sociales cada vez más diversos, en un campo religioso fragmentado. En ese sentido, la secularización puede entenderse como la continua readaptación de las instituciones religiosas y sistemas de creencia a los proyectos y narrativas de las modernidades, en sociedades diversas y espacialmente móviles, que experimentan el “terror de la historia” en forma diferente a las sociedades de la época de oro del capitalismo.  

Tijuana, mi abuelo y el incendio del 13 de mayo de 1943

Permitan las y los lectores iniciar el texto con una imagen cruda. Para ello es necesario imaginar una mano robusta y masculina abrir precipitadamente la manija de un camión repleto de cilindros metálicos de gas butano. Acto seguido, la epidermis interior se desprendería palmo a palmo (como goma blanca en manos de niñez en edad escolar), pues algunas de las primeras capas de piel se consumían conforme fueron desplegándose, todo debido a las altísimas temperaturas que el ambiente irradiaba. Entre el fuego y humo que es dable imaginar, la escena anterior se me quedó grabada desde la infancia, pero pude esclarecerla con curiosidad e insumos históricos. 

Colección personal de Alfredo Gruel Culebro

Impresionado por los gestos que hizo mi abuelo Alfredo Gruel Bustamante (1923-2007) al contar su anécdota, entendí el motivo de que tuviera enmarcada aquella presea en un aparador de su casa de la colonia Nueva en Mexicali. La medalla que mi abuelo recibió del Comité Central de Defensa Civil en mayo de 1943, por su “acto heroico de gran valor civil”, no puede entenderse sin la alarma generada por la Segunda Guerra Mundial entre los habitantes de la frontera entre México y Estados Unidos, especialmente los de Tijuana. A raíz de los ataques nipones a Pearl Harbor quedaron organizados los “comités de defensa civil para casos de incendios por sabotaje o bombarderos”. Un director de una escuela primaria federal, el normalista colimense Ramón Alcaraz Gutiérrez (1913-1982), fue uno de los organizadores del Comité Central de Defensa Civil [1].

La brevísima entrada biográfica que apareció en Baja California y sus hombres (1966), describió esta cruda hazaña junto a las de otros varones adultos que, a juzgar por el criterio meritorio de los compiladores (no identificados) del libro, debían divulgarse. No en todos los casos se trató de percances, pero en la mayoría de perfiles se ponderaba cierto chauvinismo. Uno de los párrafos publicados sintetizó lo ocurrido mejor que mi propio recuerdo (propenso soy como todas las memorias individuales a modificarlo o identificarme subjetivamente con el objeto/sujeto de estudio):

En la vida de los hombres siempre hay un capítulo trágico que en una forma u otra hemos de protagonizar, Alfredo Gruel estuvo a punto de perder la vida y con él millares de inocentes personas de Tijuana; sucedió el 13 de mayo de 1943, cuando nuestro biografiado surtía de gas a una factoría; una furtiva chispa provocó la   explosión de unos tanques y amenazó gravemente con hacer estallar el depósito nodriza y ocasionar una verdadera catástrofe. El joven Gruel sin medir el peligro y con riesgo de su vida, desconectó las mangueras, salvando de desaparecer [a] un grueso sector de la población [2].

            La fuente mencionó que las “quemaduras” dejaron “permanentes huellas” en el cuerpo de mi abuelo, y aunque en verdad tenga el vago recuerdo de cierta decoloración, manchas y cicatrices de sus manos, ignoro si fueron por aquel fuego o el sol de Mexicali (localidad a la que migró con mi abuela e hijos al comenzar la década de 1950). Por ello mismo, quisiera someter este relato-recuerdo al examen de la historia [3]. El ejercicio no busca subestimar, en pos de la objetividad, mi parentesco o recuerdos personales acerca de mi progenie, sino muy al contrario: busco probar la utilidad de la narrativa histórica (y su irrenunciable carácter documentalista) para reconstruir experiencias del pasado, y por otro lado, explicar el heroísmo que fue atribuido (y de ahí la medalla).  

El testimonio de Carlos (a) “Gordo” Mendoza Cañedo que apareció en el libro de entrevistas de Aída Silva Hernández, Perfiles de Tijuana (2009), reveló los pormenores y carencias materiales que definieron la vida y práctica de los bomberos. Desde su arribo a Baja California en 1926, proveniente de su natal Sonora, “Gordo” Mendoza observó la frecuencia de incendios que azoraban al caserío y, especialmente, a los establecimientos que empleaban a los primeros pobladores. Teniendo que autofinanciar su equipo y realizar grandes proezas para abastecerse de agua mientras combatía el fuego, el bombero retirado recordó algunos accidentes famosos de la década de 1940. En aquellos años “a la semana teníamos hasta tres [incendios], pero por lo regular había uno. Se quemaban restaurantes, casas habitación, comercios, madererías”, y de manera particular, recordó el incendio de una fábrica de refrescos [4], ¿habrá surgido allí la “furtiva chispa” cuya expansión por Tijuana detuvo “el joven Gruel”?

Hecho curioso, la explosión que refirió mi abuelo no fue la más recordada de 1943. Debido a la vocación aeronáutica, comercial y militar de Tijuana (que Federico Campbell inmortalizó en los cuentos de su libro Tijuanenses), el 13 de diciembre, como parte de unas pruebas de aviación, se cayó una nave “en la línea, enfrente de la Colonia Libertad”, según recordó el bombero entrevistado [5]. Por lo visto, tendremos que acudir a otra fuente para conocer mayores detalles sobre lo ocurrido. Según la prensa de la época que pudimos consultar, el incendio tuvo lugar en lo que ahora se conoce como zona centro de Tijuana. Dados a cuantificar los bienes materiales perdidos tras los siniestros que anotaban, los periódicos estadunidenses que publicaron sobre el accidente realizaron una estimación de 100 mil pesos (de la época) en daños causados a comercios y viviendas [6]. ¿Acaso fue Joaquín Ramírez Arballo, el fundador de la embotelladora de gaseosas siniestrada, una de las personas que más perdió dinero?  

Las noticias publicadas el 13 y 14 de mayo de 1943 por el San Pedro News Pilot confirmaron lo dicho en el libro Baja California y sus hombres (1966): los bomberos concluyeron que las llamas comenzaron en un tanque de butano de la fábrica de Pepsi. A partir de dicho punto, el fuego se extendió a una vecindad y a una distribuidora de productos eléctricos, por lo que la columna de humo logró observarse en San Diego (a 27 kilómetros), lugar de donde partió ayuda para Tijuana. El costo humano fue menor al material, pues apenas “dos personas quedaron severamente quemadas y una tercera sufrió contusiones debido a los escombros caídos”. Al día siguiente, el mismo periódico redujo a 50 mil pesos el costo y aminoró la gravedad de las quemaduras, para precisar la causa explosiva durante la “transferencia de un camión repartidor a la planta de embotellado” [7]. 

Blade Tribune de Oceanside mencionó el sitio exacto en el que durante un par de horas se combatió el fuego: en la Avenida “B” o “Constitución”, entre las calles Sexta y Séptima, a unos pasos del corazón comercial y turístico de la localidad. Las tres víctimas fueron atendidas en el Hospital Civil de Tijuana [8]. Más allá de discutir la seguridad industrial que pudiese explicar el accidente (alguna válvula vencida, o descomposturas generales en tanques o mangueras), quisiéramos enfocarnos antes bien en el costo humano: sobre todo, en el diagnóstico de las quemaduras de primer y segundo grado de los accidentados. Sin dañar musculatura u otros órganos o tejidos vitales, la recuperación de las heridas supondría un doloroso proceso de reposo que mantendría postrado en cama, por lo menos, seis meses. Mi abuelo recordaba que en la fase más difícil de su convalecencia, familiares y amigos, entre los que figuraba el político y empresario bancario Roberto de la Madrid Romandía (1922-2010), lo sacaron del hospital a escondidas por una ventana, para llevarlo (vendado todavía) a recibir mejor atención médica a San Diego.       

La fisiología de las quemaduras epidérmicas se benefició hondamente después de la Segunda Guerra Mundial. Un simple vistazo al mundo de papers de la época revelaría los importantes logros conseguidos en materia de la medicina del dolor, sobre todo, entre los pacientes aliados que sufrieron el fuego alemán e italiano. Dicho esto, la pregunta sería ¿se benefició mi abuelo de tales conocimientos de punta? A propósito, 1943 fue precisamente el año en que se fundó la Asociación Médica de Tijuana (amt), misma que aglutinó a los profesionales que, por fin, estuvieron preparados para atender a los cientos de incinerados tras la quema del salón “Coliseo” en diciembre de 1951 [9]. Pero, a reserva de investigar en forma y consultar algo más que una medalla de quien condujo varios camiones repletos de gas butano lejos de una zona de peligro, no concluiremos sin reconocerle algo. Antes que reivindicar el heroísmo local de mi abuelo (asunto ajeno a la escritura histórica), creo que supo capitalizar su recuperación.  

Una de las razones que llevaron a Alfredo Gruel Bustamante a migrar de su natal Tijuana fue para trabajar en la recién adquirida compañía gasificadora de su primo Alfonso Bustamante Labastida (1915-2011), misma que se encontraba en Mexicali [10]. ¿Cuál es el mérito de esto? Que a pesar de vivir en carne propia estragos de un producto tan volátil, continuó trabajando en lo mismo durante décadas. En entrevista con motivo del centenario de Tijuana, Bustamante Labastida admitió que mientras se consumiera predominantemente gasolina y combustóleo, “todo mundo le tenía miedo al gas porque era explosivo” [11]. Durante los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, la escasez y racionamiento de hidrocarburos creó un mercado que permitió a Bustamante desarrollar su estrategia monopólica y adquirir, en última instancia, el resto de distribuidoras de Baja California. Lo anterior redundaba en que su primo hermano Alfredo, que probó en más de un sentido no temerle al gas, fuese la persona indicada para administrar el negocio en Mexicali.  

       Octavio Paz solía decir que la escritura de poemas debía ser seca para arder, simbólicamente. Así, una metrópoli poética como Tijuana arde varias veces al año, no solamente debido a los vientos de Santa Ana sino a la dinámica económica local. Antes que pensar vanidosamente en la historia familiar que pudiese esbozar, cada que las fumarolas aparecen en el paisaje tijuanense pienso en el anonimato heroico de aquellos que las apagarán. Pero también mi imaginación vuela ante el posible hallazgo de algún testimonio inédito de conocedores de la leyenda negra de Tijuana como el detective Joaquín Aguilar Robles o el criminalista Aníbal Gallegos, pues quizás lidiaron con incendiarios que hacían valer las seguranzas de restaurantes y cantinas que misteriosamente amanecían entre llamas y cenizas.      

Víctor Manuel Gruel Sández 

IIH-UABC

[1] Gabriel Trujillo Muñoz, La canción del progreso. Vida y milagros del periodismo bajacaliforniano. Tijuana: Instituto Municipal de Arte y Cultura/xvi Ayuntamiento de Tijuana/Editorial Larva, 2000, p. 170. 

[2] Baja California y sus hombres, Mexicali: De Anza Editorial, 1966, p. 110. 

[3] Cada vez son más frecuente las historias sobre abuelos (o bisabuelos), comenzando por la trilogía de Carlos Tello Díaz dedicada a Porfirio Díaz. Existen ejemplos más modestos como Otto Granados Roldán, El recuerdo y las heridas: el asesinato de mi abuelo. Ciudad de México: Ediciones Cal y Arena, 2019, o Jorge F. Hernández, “Similia” en Álvaro Obregón. Ranchero, caudillo, empresario y político, Carlos Silva (coord.), Ciudad de México: Ediciones Cal y Arena, 2019, pp. 227-234. 

[4] Aída Silva Hernández, Perfiles de Tijuana. Historias de su gente. Tijuana: Centro Cultural Tijuana/Consejo Nacional para la Cultura y las Artes/Consejo de Desarrollo Económico de Tijuana, 2009, pp. 137-138. Sobre los incendios durante la década de 1920, véase el último artículo que publicó José Alfredo Gómez Estrada, “Turismo, gobierno y ley seca en la frontera norte de México. Tijuana, Baja California, en el periodo 1920-1935”, Estudios de Historia Moderna y Contemporánea 57, enero-junio de 2019, pp. 219-220. 

[5] Silva Hernández, Perfiles de Tijuana, pp. 138-139.

[6] San Pedro News Pilot, “Tijuana Fire Sweeps Block”, 13 de mayo de 1943.

[7] San Pedro News Pilot, “Gas Explosion Blamed for Tijuana Fire”, 14 de mayo de 1943.

[8] Blade Tribune, “Business Area in Tijuana is Swept by Fire”, 14 de mayo de 1943. 

[9] Rafael Mercado Díaz de León e Irma Cháirez Hernández, “Médicos pioneros, primeros hospitales y asociaciones médicas”, en Historia de Tijuana, 1889-1989. Edición conme-morativa del Centenario de su fundación, tomo ii. Tijuana: Universidad Autónoma de Baja California/xii Ayuntamiento de Tijuana, 1989, p. 190.

[10] Baja California y sus hombres, p. 110.

[11] Irma Gutiérrez de Anchondo y Jesús Ortiz Figueroa, “Alfonso Bustamante Labastida”, en Historia de Tijuana, 1889-1989. Edición conmemorativa del Centenario de su fundación, tomo ii. Tijuana: Universidad Autónoma de Baja California/xii Ayuntamiento de Tijuana, 1989, p. 172.          

Enólogos en los viñedos de Baja California

Los meses de julio y agosto son de vendimia, de celebración por las vides cosechadas, materia prima que será utilizada en la elaboración de los vinos que degustaremos en un par de años. Como otras tantas cosas en este 2020, las festividades por la vendimia han sido suspendidas en Baja California. No obstante, esta época es una oportunidad para escribir sobre los enólogos, quienes se encargan del proceso de vinificación en la bodega. De acuerdo con la Federación Española de Asociaciones de Enólogos (FEAE), el enólogo “tiene la capacidad profesional para realizar el conjunto de actividades relativas a los métodos y técnicas de cultivo de viñedo y la elaboración de vinos, mostos y otros derivados de la vid, el análisis de los productos elaborados y su almacenaje, gestión y conservación.” [1]

     A diferencia de España, donde la legislación señala cuales son los alcances y competencias profesionales del enólogo[2], en México sus actividades son mucho más difusas. Es común que un enólogo experimentado colabore con diferentes empresas. Su labor traspasa el ámbito del campo y la bodega, ya que se involucra en tareas administrativas y de comercialización, siendo este hecho más común en las vinícolas pequeñas o empresas familiares.

Esteban Ferro. Fuente: Ensenada: nuevas aportaciones para su historia, Mexicali,
Universidad Autónoma de Baja California, 1999, p. 618.

     La formación profesional de enólogos en México está en ciernes. En marzo pasado, la Facultad de Enología y Gastronomía de la Universidad Autónoma de Baja California publicó la convocatoria para ingresar a la primera generación de la Especialidad en Viticultura y Enología. Éste es un acontecimiento que se vislumbra tendrá un impacto positivo en la vitivinicultura bajacaliforniana y nacional porque este programa educativo permitirá a quienes buscan especializarse en el cultivo de la vid y aprender las bases científicas del proceso de vinificación hacerlo en México y obtener un certificado académico.

     En el desarrollo de la investigación sobre la vitivinicultura en Baja California durante el siglo XX, hemos encontrado indicios sobre orígenes, formación, trayectoria profesional y empresarial de enólogos presentes en los viñedos de esta península. Desde los años treinta las empresas vinícolas bajacalifornianas han contado con enólogos, migrantes extranjeros y nacionales, egresados de escuelas en Italia (Asti y Alba) y Francia (Burdeos y Montepellier). 

     Algunos de ellos se convirtieron en accionistas de las vinícolas, a cambio de aportar conocimiento y experiencia en el campo y los procesos enológicos. Ésta fue una vía de acumulación de capital para adquirir terrenos y constituir sus propias empresas. Hasta ahora hemos podido reconstruir la trayectoria de Esteban Ferro Binello, de origen italiano, enólogo de Bodegas Santo Tomás entre 1933 y 1952 (Méndez Medina 2018), y de los hermanos Eustaquio y Marcial Ibarra, que llegaron a la península por el contrato que firmaron con los socios de Bodegas de Rancho Viejo en 1952 (Méndez Medina 2020). En ambos casos, después de años, incluso décadas de trabajo, dejaron las compañías para formar sus propias vinícolas: Bodegas Miramar y Formex-Ibarra, respectivamente.

     Otro ejemplo es Camillo Magoni, de origen italiano, quien arribó al Valle de Guadalupe contratado por Angelo Cetto como enólogo de Vides de Guadalupe en 1972. Trabajó para esta vinícola, fundada por la sociedad de Pedro Domecq y Bodegas Cetto, por más de dos décadas. En 2013 fundó Casa Magoni, donde, además de ocuparse de aspectos técnicos, es la cabeza de una empresa familiar (Domínguez Beltrán 2014). La materia prima para la elaboración de vinos proviene de viñedos de su propiedad, donde experimentó por más de una década antes de constituir la vinícola. A diferencia de los casos antes referidos, no tenemos detalles del contrato laboral o la relación establecida por Magoni y la empresa para la que laboró hasta los años noventa. 

     También hay enólogos formados en Baja California, instruidos por especialistas extranjeros. Un caso representativo es el de Laura Zamora, quien se formó como enóloga en la práctica durante décadas de trabajo en Bodegas Santo Tomás, a donde ingresó como laboratorista en los años setenta. En distintos momentos, Laura colaboró con especialistas formados en el extranjero como Dimitri Tschelicheff, enólogo de Santo Tomás, cuyo padre (Andrés Tschelicheff) se convirtió en un vínculo con los enólogos del Valle Napa, entre ellos Robert Mondavi, “padres de la enología en el Valle de Napa” (Millán 2017, p. 309). También formó parte de Santo Tomás cuando la empresa contrató a Miguel Ángel Daruich, enólogo de origen argentino, quién además, por disposición del gobierno mexicano, tenía que enseñar enología a dos mexicanos, ante la ausencia de una escuela de enología en Ensenada y en el resto de Baja California (Millán 2017). 

     Esta referencia es un indicio a seguir sobre la manera cómo se intentó paliar la falta de instituciones en México para formar a especialistas en el proceso de vinificación en la década de 1970, cuando comenzaba la experimentación con variedades finas en la industria vitivinícola mexicana, aunque las vinícolas estaban dedicadas a producir y comercializar vinos generosos y destilados debido a las condiciones materiales de las bodegas, al igual que por la demanda de los consumidores. 

     Otra estrategia para instruir a los encargados del proceso de vinificación, fue la oferta de cursos de viticultura y enología a cargo de la CONAFRUT (Comisión Nacional de Fruticultura)[3]. En ellos se iniciaron futuros enólogos mexicanos, por ejemplo Hugo D’Acosta. Nacido en León, Guanajuato, D’Acosta estudió en la Escuela Nacional Superior de Agronomía de Montpellier, Francia, a donde ingresó después de tomar los cursos que impartió la CONAFRUT (D’Acosta López 1997). Otros profesionistas mexicanos viajaron directamente a Europa, como Víctor Torres Alegre, quien se graduó como ingeniero agrónomo en la Universidad de Chapingo y obtuvo el doctorado en Burdeos, Francia (Torres Alegre 1997).

     D’Acosta y Torres Alegre llegaron a la Baja California a fines de los años ochenta, cuando la industria vitivinícola empezaba a cambiar, obligada por el declive en la producción y consumo de brandy y vinos generosos en México. El rescate de viñedos abandonados, la experimentación y elaboración de vinos con varietales finas, así como el incentivo a pequeños productores de vid para elaborar vino, muchos de ellos alentados por “La escuelita”, establecida por Hugo D’Acosta en el poblado El Porvenir, fueron el simiente para la transformación de la industria vitivinícola en Baja California. El número de empresas vinícolas se multiplicó; surgieron compañías medianas y pequeñas, muchas de ellas familiares, que paulatinamente ofrecieron más opciones a los consumidores y favorecieron la competencia. Este situación contrasta con el reducido número de bodegas que funcionaron entre la década de 1940 y 1980, aunque el tamaño de las compañías era mayor y posiblemente también su producción, la oferta y calidad de la producción era distinta.

Maquinaria de Bodegas de Rancho Viejo. Fuente: Acervo Documental del Instituto de
Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California (AD-IIH-
UABC), Memoria histórica de Tecate, Regiones vitivinícolas/olivareras, rollo 13, Rancho
Viejo, abril 2001, fotografía de Leticia Bibiana Santiago Guerrero.

     Está pendiente reconstruir de manera detallada las trayectorias de los especialistas involucrados en el cultivo de la vid y el proceso de vinificación, así como conocer su contribución a la vitivinicultura en Baja California. De igual manera urge visibilizar el trabajo de las mujeres en el mundo del vino mexicano. Laura Zamora refiere el esfuerzo y trabajo que ha hecho para destacar en este ámbito debido a su formación y género. “Yo no fui a Burdeos o a Montpellier para aprender enología, solo tengo 34 años trabajando en vinos, pero la maestría como tal no la tengo. Además, súmale que hay mucho machismo en este ambiente, así que tuve que hacer lo triple como mujer para destacar” (Millán 2017, p. 314). En 2020 el Consejo Nacional de la Vid y el Vino, dirigido por Paz Austin, lanzó la campaña “Las mujeres de la uva mexicana”, cuya intención es mostrar las diferentes carreras que siguen las mujeres en este sector, donde hay mujeres que trabajan en el campo, científicas, expertas en la comercialización de vinos, además de empresarias y enólogas.[4]

     Los casos referidos en este escrito son solo un botón de muestra, hallados en el desarrollo de la investigación histórica de esta actividad. Presentar este tema tiene el objetivo de advertir las distintas aristas que podemos rastrear desde la historia sobre el mundo del vino. Conocer y entender el devenir histórico de la vitivinicultura, con una perspectiva de mediano y largo plazo y desde diferentes ángulos, contribuirá a formar una conciencia sobre su importancia y a rescatar la labor constante de las y los empresarios, enólogos, agrónomos, viticultores, trabajadores agrícolas y personal de la bodega. Ellas y ellos han sido el motor de esta industria a través de la inversión, la relación con especialistas, la aplicación del conocimiento y tecnología a la producción de vid y vino y la promoción del consumo con los medios disponibles en cada época.

Diana L. Méndez Medina

Instituto de Investigaciones Históricas

Universidad Autónoma de Baja California

Referencias

D’Acosta López, Hugo Enrique. 1997. Entrevista a Hugo Enrique D’Acosta López [transcripción] Entrevistado por Bibiana Leticia Santiago Guerrero. Proyecto de Historia Oral Historias de Vida en la ciudad de Ensenada. Acervo Documental del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California.

Domíguez Beltrán, Juan Carlos. 2014. «Camilo Magoni. El enólogo y vitivinícola en Baja California». Zeta.

Méndez Medina, Diana Lizbeth. 2018. «Bodegas de Santo Tomás: conformación y funcionamiento de la vinícola, 1931-1952». En Enfoques desde el noroeste de México de México. Poblamiento y actividades económicas en Baja California y Sonora, siglo XVIII al XX, 131-68. Baja California: Universidad Autónoma de Baja California.

———. 2020. «Empresarios capitalinos en la industria vitivinícola de Baja California a mediados del siglo XX: el caso de Bodegas de Rancho Viejo.» En Sectores económicos, arreglos políticos y empresarios en Baja California. Atisbos desde la historia reciente- 1900-1976. Universidad Autónoma de Baja California. [En prensa]

Millán, Omar. 2017. El marciano y la langosta. La increíble aventura por carreteras, desiertos, mares y ciudades para descubrir la nueva cocina de la Baja. México: Secretaría de Cultura, Trilce, UNESCO.

Torres Alegre, Víctor. 1997. Entrevista a Víctor Torres Alegre realizada por Bibiana Santiago [transcripción]. Archivo de la Palabra. Proyecto de historia oral: La identidad en Valle de Guadalupe. Ensenada. Acervo Documental del Instituto de Investigaciones Históricas.


[1] Federación Española de Asociaciones de Enólogos, http://www.federacionenologos.es/la-profesion-de-enologo/ (consultado 1 de agosto de 2020).

[2] Véase Ley 58/1998, artículo 102 y Decreto Real 595/2002, en http://www.federacionenologos.es/la-profesion-de-enologo/ (consultado 1 de agosto de 2020).

[3] La Comisión Nacional de Fruticultura (CONAFRUT) fue creada por decreto presidencial el 31 de agosto de 1961. Esta comisión tenía entre sus objetivos fomentar la viticultura en todo el país. Además de crear este organismo, el gobierno federal invirtió en unidades de experimentación vitivinícola en la región de La Laguna y en Ojo Caliente, Zacatecas.

[4] “Las mujeres y el vino”, https://www.elvigia.net/columnas/2020/3/5/las-mujeres-el-vino-344736.html, (consultado el 1° de agosto de 2020).

Algunas representaciones de la península de Baja California (siglos XVI-XVIII) en la John Carter Brown Library (JCBL)*

Desde el siglo XVI existen representaciones cartográficas de Baja California como una península. Un ejemplo de ello es el mapa del norte de Nueva España realizado por el geógrafo Corneille Wytfliet e incluido en su obra Descriptionis Ptolemaicae Augmentum, publicada en 1597 y de la que se conserva un ejemplar en la JCBL. En este mapa se muestra tanto parte de lo que hoy es el estado de California (EEUU) como Baja California, la cual aparece unida en su extremo norte al continente.

Granata nova et California, 1597. Autor: Corneille Wytfliet

No obstante, durante el siglo XVII se reactivó, difundió y forjó la imagen insular de Baja California, separada del continente por el mar de Cortés o mar Bermejo, al tiempo que las anteriores representaciones fueron refutadas. Por ejemplo, a mediados del siglo XVII, en Le Nouveau Mexique et la Floride del cartógrafo francés Nicolas Sanson, Baja California aparece representada como isla. En la obra Algemeene weereld-beschryving, nae de rechte verdeeling der landschappen, plaetsen, zeeën, rivieren, &c. geographisch, politisch, historisch, chronologisch en genealogisch, del geógrafo y matemático Antoine Phérotée de La Croix, aparece un mapa del área de Guadalajara, Nuevo México y California, realizado por Sanson, donde se asevera la naturaleza insular de esa última. De esa obra existe una edición de 1705 en la JCBL.

‘T Gebiedt van Guadalajara Niew Mexico en Californie, ens. door N. Sanson d.’Abbeville Geogr ordin du Roÿ, 1705.

Fueron los jesuitas quienes volvieron a representarla como una península. El padre Eusebio Francisco Kino en sus exploraciones encontró la conexión por tierra desde la Pimería a Baja California. Con base en ello realizó un mapa, que fue publicado en 1705 en París, en el volumen V de la obra Lettres édifiantes et curieuses, donde se reafirmó la idea de que Baja California no era una isla. La JCBL también resguarda una copia de esa edición. No obstante, las visiones sobre la naturaleza insular de Baja California no desaparecieron de forma inmediata. De hecho, muchos negaron el hallazgo de Kino, hasta que a mediados del siglo XVIII, las observaciones del padre Fernando Consag volvieron a ratificar que Baja California era una península.

Passage par terre a la Californie Decouvert par le Rev. Pere Eusebe-François Kino Jesuite depuis 1698 jusqu’a 1701 ou l’on voit encore les Nouvelle Missions des PP. de la Compage. de Jesus, 1705.

Sobre la configuración de la imagen del territorio bajacaliforniano como ínsula o península, durante los siglos XVI-XVIII, recomiendo leer el trabajo de Jose María García Redondo, titulado “Cuando el mapa es el territorio. La imagen de Baja California, patrimonio de una representación” y recogido en la obra colectiva Baja California: Memoria, herencia e identidad patrimonial (Editorial UGR-Editorial Atrio: Granada, 2014), editada por Miguel Ángel Sorroche Cuerva. En esta entrada sólo quise presentar algunas de las representaciones de Baja California conservadas en la JCBL, las cuales muestran la naturaleza de ese territorio, en palabras de García Redondo, como un “problema geográfico y epistémico de carácter e interés global” que duró casi tres siglos.

No son los únicos mapas del territorio bajacaliforniano que pueden hallarse en la JCBL, en una nueva entrada presentaremos otros, mientras tanto pueden consultar en línea los fondos digitalizados de esa biblioteca.

Isabel M. Povea Moreno

IIH-UABC


*Los mapas que reproducimos en este entrada son cortesía de la John Carter Brown Library.

¿El más pobre de los obispos? El destierro de Fray Ramón Moreno y Castañeda

Fray Ramón Moreno y Castañeda OCD
 “Nuestros grabados”, La Ilustración Católica, Madrid, 2 de junio de 1878, p. 1.

A comienzos de 1876 tuvo lugar un brote epidémico de viruela en la ciudad de La Paz, capital del distrito sur de la Baja California. No pasó mucho tiempo antes de que los contagios llegaran a la zona minera de San Antonio y El Triunfo. El brote se atenuó con el paso de los días, y desapareció para el inicio del verano (Fierros Hernández, 2016). Mientras duró, paralizó buena parte de la vida social y de las actividades mineras y comerciales de la región. Dejó un saldo de 256 personas contagiadas y 116 muertos (Rivas Hernández & González Cruz, 2015). Además de los informes gubernamentales, un testimonio interesante de esos eventos es el del vicario apostólico de la Baja California, fray Ramón Moreno y Castañeda. En su segunda carta pastoral, el prelado dijo que suspendió su visita pastoral debido al brote de viruela, y se refirió a éste como una suerte de castigo divino. Según él, el fin de la epidemia se debió a la intervención divina, pues Dios respondió a las plegarias de los fieles.

“Ordenamos que se hiciesen preces públicas, para aplacar el enojo divino que tan doloroso castigo descargaba sobre mi amado pueblo Californio. Pedid y recibiréis nos ha dicho Nuestro Adorable Salvador; y nosotros, llenos de fe y confianza en la misericordia del Señor, le dirigimos nuestras súplicas, con el fervor y constancia que pudimos, atendida nuestra tibieza. El cielo se apiadó de nuestros males, y dispuso enjugar nuestras abundantes y amargas lágrimas, haciendo desaparecer, como por encanto, el azote que tanto nos afligía ¡Bendición y loor, al amor incomprensible de Nuestro Creador a sus criaturas!” (Moreno y Castañeda, 1876)

Portada de la Segunda Carta Pastoral de Ramón Moreno y Castañeda
Material tomado de Biblioteca Digital de la UANL: http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080015480/1080015480.html

Resulta inevitable tejer algunos paralelismos entre este testimonio y acontecimientos del presente, como la bendición que el arzobispo de Tijuana llevó a cabo en esta ciudad el 16 de abril de 2020, desde una avioneta, como respuesta a la pandemia de coronavirus que trastocó nuestras vidas desde hace varias semanas. Sin duda, la lectura providencialista de los acontecimientos y el intento por incidir en ellos desde prácticas que oscilan entre lo mágico y lo religioso se extiende a lo largo de la historia. Sin embargo, esto no debería dejar de lado las particularidades de los acontecimientos, ni de los pasados ni de los presentes. La vida de un personaje como fray Ramón Moreno resulta clave para voltear hacia el pasado católico del noroeste de México, así como a uno de los momentos de mayor confrontación entre la iglesia católica y el mundo moderno, el cual dejó huellas en la memoria de los católicos sudcalifornianos. 

Un carmelita en Baja California

Ramón Moreno y Castañeda nació en Guadalajara, Jalisco, el 8 de septiembre de 1839. Con 16 años hizo votos en la Orden de los Carmelitas Descalzos, y cursó sus estudios de filosofía y teología en los conventos de Tacubaya y Toluca. Debido a las convlusiones de la reforma liberal, su orden fue suprimida y exclaustrada en diciembre de 1860, por lo que salió del país. Terminó sus estudios en un monasterio de los Pirineos franceses, y fue ordenado sacerdote en 1862. En 1870 conoció al arzobispo de Quito, José Ignacio Checa y Barba, quien lo nombró su confesor y secretario particular. Ambos partieron hacia España, desde donde el joven sacerdote fue enviado a Roma. Ahí se encontró con el arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, quien también estaba en el exilio. El prelado le ofreció regresar con él a su patria, y en 1871, el carmelita fue asignado a la parroquia de Tula. En 1872 quedó vacante la jurisdicción eclesiástica de Baja California, pues falleció su primer obispo titular, Juan Francisco Escalante. Moreno tenía una buena relación con dos de los principales arzobispos del país, el de México y el de Guadalajara, y ambos lo recomendaron para ocupar esa sede. Con su consagración, en abril de 1874, se erigió el vicariato apostólico de la Baja California, una jurisdicción sui generis que mantuvo la condición misional de la península hasta bien entrado el siglo XX.

El obispo entró en funciones a los 34 años. Su gobierno fue breve. Arribó a La Paz el 17 de marzo de 1875 y fue desterrado el 1 de noviembre de 1876. Su paso por la península representa quizá el episodio más conflictivo en la historia eclesiástica de Baja California. Esto resulta previsible en el texto antes citado de su carta pastoral, pues las “preces públicas” estaban prohibidas por la legislación liberal que entró en vigor, durante la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada. Fray Ramón Moreno representa al catolicismo más intransigente del siglo XIX, cuyo ejemplo más conocido son las condenas al mundo moderno del papa Pío IX, “el prisionero del Vaticano”, un título que ostentó desde que las tropas de unificación italiana ocuparon los estados papales y acabaron por algunos años con el poder temporal de la Santa Sede. Los principales enemigos de ese catolicismo, tan reales como imaginarios, eran “La Revolución” y la masonería (Cárdenas Ayala, 2018). Esos conflictos fueron más allá de la reforma liberal mexicana. El obispo de Quito, Checa y Barba, con quien Moreno colaboró por un breve tiempo, murió el jueves santo de 1877, luego de beber del cáliz envenenado (Fernández Rueda, 1998).

Logia Masónica “Los Fieles Obreros de la Baja Caifornia”
Archivo personal. La Paz, BCS, octubre de 2018.

La masonería estaba presente en La Paz desde 1869, cuando se fundó la logia Los fieles obreros, a la que pertenecían buena parte de las autoridades de la ciudad (De la Peña Avilés, 2018). El gobierno de la república había terminado recientemente con la autonomía que los gobiernos de la península tuvieron durante la reforma. Pese a su filiación liberal, tuvieron una relación estable con el obispo Escalante. El anticlericalismo llegó con la centralización del poder político, y la intransigencia católica, con el joven carmelita. Según su propio testimonio, fue él quien inició la confrontación.

“Me repugnaba creer tan lamentable realidad; pero a mi arribo a La Paz, quedé convencido de ello con inmenso dolor de mi alma, y no pude menos que manifestarlo así, en la primera vez que dirigí mi palabra a mis amados hijos de aquella ciudad. Y esta manifestación, que no fue sino la expresión de mi profunda pena, fue maliciosamente interpretada por los masones como un desafío y una guerra encarnizada” (Moreno y Castañeda, 1876).

En la mirada del religioso se cruzaban las viejas imágenes de una tierra de misiones, cuyos habitantes se encontraban lejos de la verdadera religión, con la creciente enemistad entre el catolicismo y la masonería. 

 “[…] No encuentro palabras cuya significación baste para expresar la profundamente dolorosa emoción de mi alma, cuando personalmente he quedado convencido de la suma ignorancia de los pueblos de la Baja California en materia de Religión. […] La propaganda pues, de la impiedad, que es la base de todos los trabajos masónicos, ha logrado coger por ahí entre sus lazos, a muchos incautos, que no comprendiendo, no ya la grave responsabilidad que pesa sobre el alma anatemizada del masón; pero ni aún el significado de la palabra, hacen ostentación de estar afiliados en la logia de La Paz. […] Es tal la ignorancia y abandono en que se vive, que hay muchas personas que llevan muchos años de o confesarse, y otras muchas que no lo han hecho durante toda su vida y tocan ya el período de la vejez” (Moreno y Castañeda, 1876).

Según el carmelita, los masones prohibieron a sus esposas e hijos asistir a la iglesia, y uno de sus familiares fue abofeteado en la puerta del templo por alguien que había cometido “graves irreverencias” en su interior. También dijo que uno de los masones había vertido “inmundicias” en la pila de agua bendita, y que varios fumaron dentro del templo… Además, afirmó que sus enemigos atentaron contra su vida en varias ocasiones. Es difícil corroborar muchas de estas aseveraciones. No obstante, hay un conjunto de textos que dejan ver otra versión de los hechos. Uno de ellos es la Historia de la Baja California, 1850 – 1880 de Adrián Valadés, quien fue funcionario y periodista en Baja California a finales del siglo XIX. Él señala que el obispo fue motivo de discordia en la sociedad sudcaliforniana desde su llegada, pues “sin la menor prudencia se entregó a una feroz contienda contra las Leyes de Reforma y contra la masonería, produciendo sus enconados ataques una intensa excitación en el ánimo de sus pobladores; usaba en público el hábito de su orden y la muceta e insignias episcopales” (Valadés, 1974).

Las referencias más puntuales provienen de tres procesos legales que fueron abiertos en contra del prelado. El primero, divulgado en el periódico La Equidad, se debió a que el obispo mandó fundir la plata de los templos de San José del Cabo y El Triunfo. Un testimonio publicado en el diario señaló que: “si las vulgaridades son ciertas, tendrá el Sr. Moreno para nuevas aventuras amorosas en otra excursión que haga a los pueblos de su diócesis” (Yela Ruíz, La Equidad, 1876). El segundo, cuyo expediente ha sido resguardado en el Archivo General de la Nación, remite a la primera ocasión en la que el religioso fue apresado. Esto fue porque el obispo se negó a pagar una multa por violar varios artículos de la ley que reglamentaba los cultos religiosos, pues fue recibido por una multitud en su visita a San Antonio. Las autoridades se quejaron de su actitud:

“…el mismo Señor Moreno se ha opuesto y resistido a la obediencia de la ley y de las autoridades llamando y aconsejando a las masas se negasen a pagar toda clase de contribuciones o tributos […] insistiéndoles en desobediencia de las leyes y de las autoridades de una manera escandalosa y subversiva con gritos alarmantes y estrepitosos, terminando sus discursos con repetidos gritos de “Viva la Libertad”.[1]

El juzgado de La Paz lo puso en libertad, pues no encontró evidencia de algún delito, y los días que pasó preso correspondían a la sanción. Un segundo expediente se conserva en el Archivo Histórico Pablo L. Martínez, de la ciudad de La Paz. Este contiene los testimonios recabados para el segundo y el tercer proceso penal. Debido a este último, el fraile volvió a ser puesto en prisión, esta vez en la capital: “por haberlo encontrado dirigiéndose al templo católico con el vestido eclesiástico, y aunque portaba encima de los hombros una especie de manto negro que le daba hasta los pies, el traje talar venía descubierto, dejándose ver parcialmente el vestido que de ordinario porta como insignia de su categoría”.[2]

Luego de eso, las autoridades lo expulsaron del territorio. Hay dos versiones sobre esto. Según Valadés, cuando el obispo fue puesto en libertad, esperó la noche para no quitarse el hábito, y se dirigió a una casa en el muelle para salir sin ser visto. Se embarcó hacia Guaymas, donde continuó predicando contra los masones y c el jefe político de Baja California. El comandante del puerto le advirtió que debía evitar el uso público del hábito, por lo que prefirió embarcarse hacia California. La versión de Moreno es que:

“[…] la tiranía llegó a tal grado que se me impidió poder celebrar en mi casa. Por fin, el jefe político, que ha hecho el triste papel de maniquí de los masones, máxime del orador de la logia, extralimitándose en sus facultades, me dio la orden de salir del Territorio en el término de cinco días; orden que no quisieron dar por escrito, quizá para no comprometerse. El día primero de noviembre por la mañana, llegó el vapor Montana, el mismo que hace un año y siete meses nos llevó a La Paz; y en él, bajo el auspicio de todos los Santos, salimos el día primero, en medio del llanto general y con inmenso dolor en nuestro corazón” (Moreno y Castañeda, 1876).

El más pobre de los obispos

Pocos días después del destierro, el peroódico La Equidad publicó una nota elogiando al sucesor del carmelita en la parroquia de La Paz, el padre José María Ruíz Esparza: “Siga el Señor Cura dedicándose exclusivamente a su ministerio y predicando las virtudes cristianas y el respeto a las autoridades, y muy pronto olvidará el público las reminiscencias desagradables que los principios disolventes inculcados en los ánimos de los fieles por el prelado diocesano, hoy ausente del Territorio, dejan desgraciadamente en nuestra sociedad” (Yela Ruíz, 1876). Lejos del olvido esperado por sus adversarios, la historia de fray Ramón Moreno circuló por Estados Unidos y Europa. El religioso se trasladó a Los Ángeles, donde dio una entrevista al periódico Daily Herald en noviembre de 1876, en la cual relató por primera vez su versión de los hechos. La historia circuló también en diarios de San Francisco, donde fue recibido por el arzobispo José Sadoc Alemany. Ahí redactó y publicó la carta pastoral antes citada. Luego se trasladó a la costa este, y desde ahí se embarcó hacia Europa. 

Durante el verano de 1877 tuvo una audiencia ante el papa y presentó un informe sobre las condiciones de la península. En ese documento resalta la preocupación del religioso por el abandono espiritual de los “californios”, debido a la falta de sacerdotes y a los embates de la masonería y del protestantismo, lo cual se explicaba por la cercanía de esos territorios a Estados Unidos.[3] Varios periódicos españoles dieron cobertura a esa audiencia. El diario La Época publicó un artículo titulado “El más pobre de los obispos”, según el cual, el religioso fue llamado así por el propio Pío IX (Fé, 1877). El Siglo Futuro también narró ese episodio:

Al salir de California, sus primeros pasos se enderezaron a Roma, cuna y cátedra de mártires, donde acuden todos los infortunados a fortalecerse para nuevas pruebas con las enseñanzas y ejemplos del Vicario de Jesucristo en la Tierra. Pío IX recibió con indecible ternura al desterrado que lleva en la frente las señales de una corona como la suya, y para dulcificar la amargura de su entrevista, con acento festivo, exclamó al verle: “He aquí al Obispo del país del oro, y sin embargo, el más pobre de todos” (V, 1877).

Después de esa audiencia, el carmelita pasó varios años viajando por Europa, pidiendo limosnas para la península de Baja California, un lugar al que nunca regresó. Varias fuentes señalan que participó en la primera peregrinación masiva hacia el santuario de Santa Teresa de Ávila, y que predicó para los peregrinos “arrancando copiosas lágrimas a sus oyentes” (De Ossó, 1898). En 1879 el papa León XIII lo nombró obispo de Chiapas. El fraile recibió la noticia mientras se encontraba en Viena. Se trasladó a su nueva sede en 1880, pero se jubiló en 1882, a la edad de 43 años. Así, el más pobre de los obispos pasó menos de un lustro en funciones. Para 1890 se encontraba en el convento de Tacubaya que, como otros, fue devuelto a los carmelitas conforme se atenuaron los religiosos durante el porfiriato. En mayo de ese año lo invitaron a administrar el sacramento de la confirmación en Tlaxcala. Durante el viaje enfermó de pulmonía y falleció el día 26 de ese mes, en el santuario de Ocotlán.[4] Esta historia ha sido narrada en varias ocasiones a lo largo de los siglos XIX y XX. La mayoría son textos hagiográficos, en los que historiadores católicos asumen como verdadero el relato del obispo en su carta pastoral. Otros, como Adrián Valadés, reproducen la versión opuesta, y presentan al obispo como quien perturbó el orden del territorio.

El paso del fraile por la península quedó en la memoria de los católicos sudcalifornianos. En 1919 la península fue visitada por un grupo misioneros de Guadalajara. Uno de ellos, Leopoldo Gálvez, narró en sus memorias una entrevista que tuvo con algunos habitantes de San Ignacio. Ellos le reclamaron que los sacerdotes los habían abandonado desde hacía mucho tiempo, y que los pocos que habían pasado por ahí dieron malos ejemplos. Aunque de manera imprecisa, la anécdota refiere a este personaje: “Más acá, el clero concubinario, que se ocuparía más bien de sus mancebas y, usted piense, nos dieron el mate. De 1875 a 78 residió en Baja California un señor obispo joven, fraile carmelita de Puebla, llamado así: fray Ramón Moreno y Castañeda, Obispo de Eumenia, que vivió con mujeres casi en público y dejó descendencia.” (Gálvez, 2018). En 1937, el administrador del vicariato, Alejandro Ramírez, también originario de Jalisco, se puso en contacto con Felipe Torres Hurtado, un Misionero del Espíritu Santo que deseaba ir a Baja California. El prelado relató en una carta los infortunios de su gobierno, atravesado por el conflicto religioso de los años 20 y 30. La mirada de estos sacerdotes era muy parecida. Las luchas entre la iglesia y sus enemigos habían dejado abandonados a los habitantes de la península. Según él, la península había quedado maldita desde el destierro del obispo.

“Siempre había creído yo que una maldición pesaba sobre estas tierras. Desde hace muchísimo tiempo han sucedido tantas cosas, desde que trataron mal a un obispo, al Sr. Moreno, a quien, por su energía en desenmascarar a los masones, lo calumniaron de la manera más infame y lo desterraron. Después vinieron unos padres italianos… Y pensar que esta gente no está maleada, sino abandonada, pero muy bien dispuesta”.[5]

Pedro Espinoza Meléndez


[1] Acervo documental del Instituto de Investigaciones Históricas de la UABC, Colección AGN, Prisión de obispo católico Ramón Moreno, informe redactado en La Paz, BCS, 13 de octubre de 1876, fondo Gobernación, caja 14, expediente 21, fojas 2 – 3.

[2] Archivo Histórico Pablo L. Martínez, Informe respectivo la petición de amparo hecha por el Sr. Obispo D.R. Moreno, La Paz, BCS, 24 de octubre de 1876, 10-V-133 (Exp.67); 208, fojas 30-31.

[3] Archivo Histórico de la Orden de los Carmelitas Descalzos (OCD), Transcripción y traducción de las peticiones que Mons. Moreno presentó a la Santa Sede, sin lugar, 1838 -1891, No. 1263, fojas 20 – 23.

[4] OCD, Copia del acta de defunción de Ramón Moreno y Castañeda, 22 de agosto de 1891, Expediente No. 1263, fojas 14 – 15.

[5] ADT, Carta de Alejandro Ramírez a Felipe Torres Hurtado, La Paz, 25 de septiembre de 1937, Caja 3, Fondo Vicariato Apostólico, Carpeta 1933 – 1938, fojas 61 – 62.

[6] “Nuestros grabados”, La Ilustración Católica, Madrid, 2 de junio de 1878, p. 1.