Enólogos en los viñedos de Baja California

Los meses de julio y agosto son de vendimia, de celebración por las vides cosechadas, materia prima que será utilizada en la elaboración de los vinos que degustaremos en un par de años. Como otras tantas cosas en este 2020, las festividades por la vendimia han sido suspendidas en Baja California. No obstante, esta época es una oportunidad para escribir sobre los enólogos, quienes se encargan del proceso de vinificación en la bodega. De acuerdo con la Federación Española de Asociaciones de Enólogos (FEAE), el enólogo “tiene la capacidad profesional para realizar el conjunto de actividades relativas a los métodos y técnicas de cultivo de viñedo y la elaboración de vinos, mostos y otros derivados de la vid, el análisis de los productos elaborados y su almacenaje, gestión y conservación.” [1]

     A diferencia de España, donde la legislación señala cuales son los alcances y competencias profesionales del enólogo[2], en México sus actividades son mucho más difusas. Es común que un enólogo experimentado colabore con diferentes empresas. Su labor traspasa el ámbito del campo y la bodega, ya que se involucra en tareas administrativas y de comercialización, siendo este hecho más común en las vinícolas pequeñas o empresas familiares.

Esteban Ferro. Fuente: Ensenada: nuevas aportaciones para su historia, Mexicali,
Universidad Autónoma de Baja California, 1999, p. 618.

     La formación profesional de enólogos en México está en ciernes. En marzo pasado, la Facultad de Enología y Gastronomía de la Universidad Autónoma de Baja California publicó la convocatoria para ingresar a la primera generación de la Especialidad en Viticultura y Enología. Éste es un acontecimiento que se vislumbra tendrá un impacto positivo en la vitivinicultura bajacaliforniana y nacional porque este programa educativo permitirá a quienes buscan especializarse en el cultivo de la vid y aprender las bases científicas del proceso de vinificación hacerlo en México y obtener un certificado académico.

     En el desarrollo de la investigación sobre la vitivinicultura en Baja California durante el siglo XX, hemos encontrado indicios sobre orígenes, formación, trayectoria profesional y empresarial de enólogos presentes en los viñedos de esta península. Desde los años treinta las empresas vinícolas bajacalifornianas han contado con enólogos, migrantes extranjeros y nacionales, egresados de escuelas en Italia (Asti y Alba) y Francia (Burdeos y Montepellier). 

     Algunos de ellos se convirtieron en accionistas de las vinícolas, a cambio de aportar conocimiento y experiencia en el campo y los procesos enológicos. Ésta fue una vía de acumulación de capital para adquirir terrenos y constituir sus propias empresas. Hasta ahora hemos podido reconstruir la trayectoria de Esteban Ferro Binello, de origen italiano, enólogo de Bodegas Santo Tomás entre 1933 y 1952 (Méndez Medina 2018), y de los hermanos Eustaquio y Marcial Ibarra, que llegaron a la península por el contrato que firmaron con los socios de Bodegas de Rancho Viejo en 1952 (Méndez Medina 2020). En ambos casos, después de años, incluso décadas de trabajo, dejaron las compañías para formar sus propias vinícolas: Bodegas Miramar y Formex-Ibarra, respectivamente.

     Otro ejemplo es Camillo Magoni, de origen italiano, quien arribó al Valle de Guadalupe contratado por Angelo Cetto como enólogo de Vides de Guadalupe en 1972. Trabajó para esta vinícola, fundada por la sociedad de Pedro Domecq y Bodegas Cetto, por más de dos décadas. En 2013 fundó Casa Magoni, donde, además de ocuparse de aspectos técnicos, es la cabeza de una empresa familiar (Domínguez Beltrán 2014). La materia prima para la elaboración de vinos proviene de viñedos de su propiedad, donde experimentó por más de una década antes de constituir la vinícola. A diferencia de los casos antes referidos, no tenemos detalles del contrato laboral o la relación establecida por Magoni y la empresa para la que laboró hasta los años noventa. 

     También hay enólogos formados en Baja California, instruidos por especialistas extranjeros. Un caso representativo es el de Laura Zamora, quien se formó como enóloga en la práctica durante décadas de trabajo en Bodegas Santo Tomás, a donde ingresó como laboratorista en los años setenta. En distintos momentos, Laura colaboró con especialistas formados en el extranjero como Dimitri Tschelicheff, enólogo de Santo Tomás, cuyo padre (Andrés Tschelicheff) se convirtió en un vínculo con los enólogos del Valle Napa, entre ellos Robert Mondavi, “padres de la enología en el Valle de Napa” (Millán 2017, p. 309). También formó parte de Santo Tomás cuando la empresa contrató a Miguel Ángel Daruich, enólogo de origen argentino, quién además, por disposición del gobierno mexicano, tenía que enseñar enología a dos mexicanos, ante la ausencia de una escuela de enología en Ensenada y en el resto de Baja California (Millán 2017). 

     Esta referencia es un indicio a seguir sobre la manera cómo se intentó paliar la falta de instituciones en México para formar a especialistas en el proceso de vinificación en la década de 1970, cuando comenzaba la experimentación con variedades finas en la industria vitivinícola mexicana, aunque las vinícolas estaban dedicadas a producir y comercializar vinos generosos y destilados debido a las condiciones materiales de las bodegas, al igual que por la demanda de los consumidores. 

     Otra estrategia para instruir a los encargados del proceso de vinificación, fue la oferta de cursos de viticultura y enología a cargo de la CONAFRUT (Comisión Nacional de Fruticultura)[3]. En ellos se iniciaron futuros enólogos mexicanos, por ejemplo Hugo D’Acosta. Nacido en León, Guanajuato, D’Acosta estudió en la Escuela Nacional Superior de Agronomía de Montpellier, Francia, a donde ingresó después de tomar los cursos que impartió la CONAFRUT (D’Acosta López 1997). Otros profesionistas mexicanos viajaron directamente a Europa, como Víctor Torres Alegre, quien se graduó como ingeniero agrónomo en la Universidad de Chapingo y obtuvo el doctorado en Burdeos, Francia (Torres Alegre 1997).

     D’Acosta y Torres Alegre llegaron a la Baja California a fines de los años ochenta, cuando la industria vitivinícola empezaba a cambiar, obligada por el declive en la producción y consumo de brandy y vinos generosos en México. El rescate de viñedos abandonados, la experimentación y elaboración de vinos con varietales finas, así como el incentivo a pequeños productores de vid para elaborar vino, muchos de ellos alentados por “La escuelita”, establecida por Hugo D’Acosta en el poblado El Porvenir, fueron el simiente para la transformación de la industria vitivinícola en Baja California. El número de empresas vinícolas se multiplicó; surgieron compañías medianas y pequeñas, muchas de ellas familiares, que paulatinamente ofrecieron más opciones a los consumidores y favorecieron la competencia. Este situación contrasta con el reducido número de bodegas que funcionaron entre la década de 1940 y 1980, aunque el tamaño de las compañías era mayor y posiblemente también su producción, la oferta y calidad de la producción era distinta.

Maquinaria de Bodegas de Rancho Viejo. Fuente: Acervo Documental del Instituto de
Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California (AD-IIH-
UABC), Memoria histórica de Tecate, Regiones vitivinícolas/olivareras, rollo 13, Rancho
Viejo, abril 2001, fotografía de Leticia Bibiana Santiago Guerrero.

     Está pendiente reconstruir de manera detallada las trayectorias de los especialistas involucrados en el cultivo de la vid y el proceso de vinificación, así como conocer su contribución a la vitivinicultura en Baja California. De igual manera urge visibilizar el trabajo de las mujeres en el mundo del vino mexicano. Laura Zamora refiere el esfuerzo y trabajo que ha hecho para destacar en este ámbito debido a su formación y género. “Yo no fui a Burdeos o a Montpellier para aprender enología, solo tengo 34 años trabajando en vinos, pero la maestría como tal no la tengo. Además, súmale que hay mucho machismo en este ambiente, así que tuve que hacer lo triple como mujer para destacar” (Millán 2017, p. 314). En 2020 el Consejo Nacional de la Vid y el Vino, dirigido por Paz Austin, lanzó la campaña “Las mujeres de la uva mexicana”, cuya intención es mostrar las diferentes carreras que siguen las mujeres en este sector, donde hay mujeres que trabajan en el campo, científicas, expertas en la comercialización de vinos, además de empresarias y enólogas.[4]

     Los casos referidos en este escrito son solo un botón de muestra, hallados en el desarrollo de la investigación histórica de esta actividad. Presentar este tema tiene el objetivo de advertir las distintas aristas que podemos rastrear desde la historia sobre el mundo del vino. Conocer y entender el devenir histórico de la vitivinicultura, con una perspectiva de mediano y largo plazo y desde diferentes ángulos, contribuirá a formar una conciencia sobre su importancia y a rescatar la labor constante de las y los empresarios, enólogos, agrónomos, viticultores, trabajadores agrícolas y personal de la bodega. Ellas y ellos han sido el motor de esta industria a través de la inversión, la relación con especialistas, la aplicación del conocimiento y tecnología a la producción de vid y vino y la promoción del consumo con los medios disponibles en cada época.

Diana L. Méndez Medina

Instituto de Investigaciones Históricas

Universidad Autónoma de Baja California

Referencias

D’Acosta López, Hugo Enrique. 1997. Entrevista a Hugo Enrique D’Acosta López [transcripción] Entrevistado por Bibiana Leticia Santiago Guerrero. Proyecto de Historia Oral Historias de Vida en la ciudad de Ensenada. Acervo Documental del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California.

Domíguez Beltrán, Juan Carlos. 2014. «Camilo Magoni. El enólogo y vitivinícola en Baja California». Zeta.

Méndez Medina, Diana Lizbeth. 2018. «Bodegas de Santo Tomás: conformación y funcionamiento de la vinícola, 1931-1952». En Enfoques desde el noroeste de México de México. Poblamiento y actividades económicas en Baja California y Sonora, siglo XVIII al XX, 131-68. Baja California: Universidad Autónoma de Baja California.

———. 2020. «Empresarios capitalinos en la industria vitivinícola de Baja California a mediados del siglo XX: el caso de Bodegas de Rancho Viejo.» En Sectores económicos, arreglos políticos y empresarios en Baja California. Atisbos desde la historia reciente- 1900-1976. Universidad Autónoma de Baja California. [En prensa]

Millán, Omar. 2017. El marciano y la langosta. La increíble aventura por carreteras, desiertos, mares y ciudades para descubrir la nueva cocina de la Baja. México: Secretaría de Cultura, Trilce, UNESCO.

Torres Alegre, Víctor. 1997. Entrevista a Víctor Torres Alegre realizada por Bibiana Santiago [transcripción]. Archivo de la Palabra. Proyecto de historia oral: La identidad en Valle de Guadalupe. Ensenada. Acervo Documental del Instituto de Investigaciones Históricas.


[1] Federación Española de Asociaciones de Enólogos, http://www.federacionenologos.es/la-profesion-de-enologo/ (consultado 1 de agosto de 2020).

[2] Véase Ley 58/1998, artículo 102 y Decreto Real 595/2002, en http://www.federacionenologos.es/la-profesion-de-enologo/ (consultado 1 de agosto de 2020).

[3] La Comisión Nacional de Fruticultura (CONAFRUT) fue creada por decreto presidencial el 31 de agosto de 1961. Esta comisión tenía entre sus objetivos fomentar la viticultura en todo el país. Además de crear este organismo, el gobierno federal invirtió en unidades de experimentación vitivinícola en la región de La Laguna y en Ojo Caliente, Zacatecas.

[4] “Las mujeres y el vino”, https://www.elvigia.net/columnas/2020/3/5/las-mujeres-el-vino-344736.html, (consultado el 1° de agosto de 2020).

Algunas representaciones de la península de Baja California (siglos XVI-XVIII) en la John Carter Brown Library (JCBL)*

Desde el siglo XVI existen representaciones cartográficas de Baja California como una península. Un ejemplo de ello es el mapa del norte de Nueva España realizado por el geógrafo Corneille Wytfliet e incluido en su obra Descriptionis Ptolemaicae Augmentum, publicada en 1597 y de la que se conserva un ejemplar en la JCBL. En este mapa se muestra tanto parte de lo que hoy es el estado de California (EEUU) como Baja California, la cual aparece unida en su extremo norte al continente.

Granata nova et California, 1597. Autor: Corneille Wytfliet

No obstante, durante el siglo XVII se reactivó, difundió y forjó la imagen insular de Baja California, separada del continente por el mar de Cortés o mar Bermejo, al tiempo que las anteriores representaciones fueron refutadas. Por ejemplo, a mediados del siglo XVII, en Le Nouveau Mexique et la Floride del cartógrafo francés Nicolas Sanson, Baja California aparece representada como isla. En la obra Algemeene weereld-beschryving, nae de rechte verdeeling der landschappen, plaetsen, zeeën, rivieren, &c. geographisch, politisch, historisch, chronologisch en genealogisch, del geógrafo y matemático Antoine Phérotée de La Croix, aparece un mapa del área de Guadalajara, Nuevo México y California, realizado por Sanson, donde se asevera la naturaleza insular de esa última. De esa obra existe una edición de 1705 en la JCBL.

‘T Gebiedt van Guadalajara Niew Mexico en Californie, ens. door N. Sanson d.’Abbeville Geogr ordin du Roÿ, 1705.

Fueron los jesuitas quienes volvieron a representarla como una península. El padre Eusebio Francisco Kino en sus exploraciones encontró la conexión por tierra desde la Pimería a Baja California. Con base en ello realizó un mapa, que fue publicado en 1705 en París, en el volumen V de la obra Lettres édifiantes et curieuses, donde se reafirmó la idea de que Baja California no era una isla. La JCBL también resguarda una copia de esa edición. No obstante, las visiones sobre la naturaleza insular de Baja California no desaparecieron de forma inmediata. De hecho, muchos negaron el hallazgo de Kino, hasta que a mediados del siglo XVIII, las observaciones del padre Fernando Consag volvieron a ratificar que Baja California era una península.

Passage par terre a la Californie Decouvert par le Rev. Pere Eusebe-François Kino Jesuite depuis 1698 jusqu’a 1701 ou l’on voit encore les Nouvelle Missions des PP. de la Compage. de Jesus, 1705.

Sobre la configuración de la imagen del territorio bajacaliforniano como ínsula o península, durante los siglos XVI-XVIII, recomiendo leer el trabajo de Jose María García Redondo, titulado “Cuando el mapa es el territorio. La imagen de Baja California, patrimonio de una representación” y recogido en la obra colectiva Baja California: Memoria, herencia e identidad patrimonial (Editorial UGR-Editorial Atrio: Granada, 2014), editada por Miguel Ángel Sorroche Cuerva. En esta entrada sólo quise presentar algunas de las representaciones de Baja California conservadas en la JCBL, las cuales muestran la naturaleza de ese territorio, en palabras de García Redondo, como un “problema geográfico y epistémico de carácter e interés global” que duró casi tres siglos.

No son los únicos mapas del territorio bajacaliforniano que pueden hallarse en la JCBL, en una nueva entrada presentaremos otros, mientras tanto pueden consultar en línea los fondos digitalizados de esa biblioteca.

Isabel M. Povea Moreno

IIH-UABC


*Los mapas que reproducimos en este entrada son cortesía de la John Carter Brown Library.

¿El más pobre de los obispos? El destierro de Fray Ramón Moreno y Castañeda

Fray Ramón Moreno y Castañeda OCD
 “Nuestros grabados”, La Ilustración Católica, Madrid, 2 de junio de 1878, p. 1.

A comienzos de 1876 tuvo lugar un brote epidémico de viruela en la ciudad de La Paz, capital del distrito sur de la Baja California. No pasó mucho tiempo antes de que los contagios llegaran a la zona minera de San Antonio y El Triunfo. El brote se atenuó con el paso de los días, y desapareció para el inicio del verano (Fierros Hernández, 2016). Mientras duró, paralizó buena parte de la vida social y de las actividades mineras y comerciales de la región. Dejó un saldo de 256 personas contagiadas y 116 muertos (Rivas Hernández & González Cruz, 2015). Además de los informes gubernamentales, un testimonio interesante de esos eventos es el del vicario apostólico de la Baja California, fray Ramón Moreno y Castañeda. En su segunda carta pastoral, el prelado dijo que suspendió su visita pastoral debido al brote de viruela, y se refirió a éste como una suerte de castigo divino. Según él, el fin de la epidemia se debió a la intervención divina, pues Dios respondió a las plegarias de los fieles.

“Ordenamos que se hiciesen preces públicas, para aplacar el enojo divino que tan doloroso castigo descargaba sobre mi amado pueblo Californio. Pedid y recibiréis nos ha dicho Nuestro Adorable Salvador; y nosotros, llenos de fe y confianza en la misericordia del Señor, le dirigimos nuestras súplicas, con el fervor y constancia que pudimos, atendida nuestra tibieza. El cielo se apiadó de nuestros males, y dispuso enjugar nuestras abundantes y amargas lágrimas, haciendo desaparecer, como por encanto, el azote que tanto nos afligía ¡Bendición y loor, al amor incomprensible de Nuestro Creador a sus criaturas!” (Moreno y Castañeda, 1876)

Portada de la Segunda Carta Pastoral de Ramón Moreno y Castañeda
Material tomado de Biblioteca Digital de la UANL: http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080015480/1080015480.html

Resulta inevitable tejer algunos paralelismos entre este testimonio y acontecimientos del presente, como la bendición que el arzobispo de Tijuana llevó a cabo en esta ciudad el 16 de abril de 2020, desde una avioneta, como respuesta a la pandemia de coronavirus que trastocó nuestras vidas desde hace varias semanas. Sin duda, la lectura providencialista de los acontecimientos y el intento por incidir en ellos desde prácticas que oscilan entre lo mágico y lo religioso se extiende a lo largo de la historia. Sin embargo, esto no debería dejar de lado las particularidades de los acontecimientos, ni de los pasados ni de los presentes. La vida de un personaje como fray Ramón Moreno resulta clave para voltear hacia el pasado católico del noroeste de México, así como a uno de los momentos de mayor confrontación entre la iglesia católica y el mundo moderno, el cual dejó huellas en la memoria de los católicos sudcalifornianos. 

Un carmelita en Baja California

Ramón Moreno y Castañeda nació en Guadalajara, Jalisco, el 8 de septiembre de 1839. Con 16 años hizo votos en la Orden de los Carmelitas Descalzos, y cursó sus estudios de filosofía y teología en los conventos de Tacubaya y Toluca. Debido a las convlusiones de la reforma liberal, su orden fue suprimida y exclaustrada en diciembre de 1860, por lo que salió del país. Terminó sus estudios en un monasterio de los Pirineos franceses, y fue ordenado sacerdote en 1862. En 1870 conoció al arzobispo de Quito, José Ignacio Checa y Barba, quien lo nombró su confesor y secretario particular. Ambos partieron hacia España, desde donde el joven sacerdote fue enviado a Roma. Ahí se encontró con el arzobispo de México, Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, quien también estaba en el exilio. El prelado le ofreció regresar con él a su patria, y en 1871, el carmelita fue asignado a la parroquia de Tula. En 1872 quedó vacante la jurisdicción eclesiástica de Baja California, pues falleció su primer obispo titular, Juan Francisco Escalante. Moreno tenía una buena relación con dos de los principales arzobispos del país, el de México y el de Guadalajara, y ambos lo recomendaron para ocupar esa sede. Con su consagración, en abril de 1874, se erigió el vicariato apostólico de la Baja California, una jurisdicción sui generis que mantuvo la condición misional de la península hasta bien entrado el siglo XX.

El obispo entró en funciones a los 34 años. Su gobierno fue breve. Arribó a La Paz el 17 de marzo de 1875 y fue desterrado el 1 de noviembre de 1876. Su paso por la península representa quizá el episodio más conflictivo en la historia eclesiástica de Baja California. Esto resulta previsible en el texto antes citado de su carta pastoral, pues las “preces públicas” estaban prohibidas por la legislación liberal que entró en vigor, durante la presidencia de Sebastián Lerdo de Tejada. Fray Ramón Moreno representa al catolicismo más intransigente del siglo XIX, cuyo ejemplo más conocido son las condenas al mundo moderno del papa Pío IX, “el prisionero del Vaticano”, un título que ostentó desde que las tropas de unificación italiana ocuparon los estados papales y acabaron por algunos años con el poder temporal de la Santa Sede. Los principales enemigos de ese catolicismo, tan reales como imaginarios, eran “La Revolución” y la masonería (Cárdenas Ayala, 2018). Esos conflictos fueron más allá de la reforma liberal mexicana. El obispo de Quito, Checa y Barba, con quien Moreno colaboró por un breve tiempo, murió el jueves santo de 1877, luego de beber del cáliz envenenado (Fernández Rueda, 1998).

Logia Masónica “Los Fieles Obreros de la Baja Caifornia”
Archivo personal. La Paz, BCS, octubre de 2018.

La masonería estaba presente en La Paz desde 1869, cuando se fundó la logia Los fieles obreros, a la que pertenecían buena parte de las autoridades de la ciudad (De la Peña Avilés, 2018). El gobierno de la república había terminado recientemente con la autonomía que los gobiernos de la península tuvieron durante la reforma. Pese a su filiación liberal, tuvieron una relación estable con el obispo Escalante. El anticlericalismo llegó con la centralización del poder político, y la intransigencia católica, con el joven carmelita. Según su propio testimonio, fue él quien inició la confrontación.

“Me repugnaba creer tan lamentable realidad; pero a mi arribo a La Paz, quedé convencido de ello con inmenso dolor de mi alma, y no pude menos que manifestarlo así, en la primera vez que dirigí mi palabra a mis amados hijos de aquella ciudad. Y esta manifestación, que no fue sino la expresión de mi profunda pena, fue maliciosamente interpretada por los masones como un desafío y una guerra encarnizada” (Moreno y Castañeda, 1876).

En la mirada del religioso se cruzaban las viejas imágenes de una tierra de misiones, cuyos habitantes se encontraban lejos de la verdadera religión, con la creciente enemistad entre el catolicismo y la masonería. 

 “[…] No encuentro palabras cuya significación baste para expresar la profundamente dolorosa emoción de mi alma, cuando personalmente he quedado convencido de la suma ignorancia de los pueblos de la Baja California en materia de Religión. […] La propaganda pues, de la impiedad, que es la base de todos los trabajos masónicos, ha logrado coger por ahí entre sus lazos, a muchos incautos, que no comprendiendo, no ya la grave responsabilidad que pesa sobre el alma anatemizada del masón; pero ni aún el significado de la palabra, hacen ostentación de estar afiliados en la logia de La Paz. […] Es tal la ignorancia y abandono en que se vive, que hay muchas personas que llevan muchos años de o confesarse, y otras muchas que no lo han hecho durante toda su vida y tocan ya el período de la vejez” (Moreno y Castañeda, 1876).

Según el carmelita, los masones prohibieron a sus esposas e hijos asistir a la iglesia, y uno de sus familiares fue abofeteado en la puerta del templo por alguien que había cometido “graves irreverencias” en su interior. También dijo que uno de los masones había vertido “inmundicias” en la pila de agua bendita, y que varios fumaron dentro del templo… Además, afirmó que sus enemigos atentaron contra su vida en varias ocasiones. Es difícil corroborar muchas de estas aseveraciones. No obstante, hay un conjunto de textos que dejan ver otra versión de los hechos. Uno de ellos es la Historia de la Baja California, 1850 – 1880 de Adrián Valadés, quien fue funcionario y periodista en Baja California a finales del siglo XIX. Él señala que el obispo fue motivo de discordia en la sociedad sudcaliforniana desde su llegada, pues “sin la menor prudencia se entregó a una feroz contienda contra las Leyes de Reforma y contra la masonería, produciendo sus enconados ataques una intensa excitación en el ánimo de sus pobladores; usaba en público el hábito de su orden y la muceta e insignias episcopales” (Valadés, 1974).

Las referencias más puntuales provienen de tres procesos legales que fueron abiertos en contra del prelado. El primero, divulgado en el periódico La Equidad, se debió a que el obispo mandó fundir la plata de los templos de San José del Cabo y El Triunfo. Un testimonio publicado en el diario señaló que: “si las vulgaridades son ciertas, tendrá el Sr. Moreno para nuevas aventuras amorosas en otra excursión que haga a los pueblos de su diócesis” (Yela Ruíz, La Equidad, 1876). El segundo, cuyo expediente ha sido resguardado en el Archivo General de la Nación, remite a la primera ocasión en la que el religioso fue apresado. Esto fue porque el obispo se negó a pagar una multa por violar varios artículos de la ley que reglamentaba los cultos religiosos, pues fue recibido por una multitud en su visita a San Antonio. Las autoridades se quejaron de su actitud:

“…el mismo Señor Moreno se ha opuesto y resistido a la obediencia de la ley y de las autoridades llamando y aconsejando a las masas se negasen a pagar toda clase de contribuciones o tributos […] insistiéndoles en desobediencia de las leyes y de las autoridades de una manera escandalosa y subversiva con gritos alarmantes y estrepitosos, terminando sus discursos con repetidos gritos de “Viva la Libertad”.[1]

El juzgado de La Paz lo puso en libertad, pues no encontró evidencia de algún delito, y los días que pasó preso correspondían a la sanción. Un segundo expediente se conserva en el Archivo Histórico Pablo L. Martínez, de la ciudad de La Paz. Este contiene los testimonios recabados para el segundo y el tercer proceso penal. Debido a este último, el fraile volvió a ser puesto en prisión, esta vez en la capital: “por haberlo encontrado dirigiéndose al templo católico con el vestido eclesiástico, y aunque portaba encima de los hombros una especie de manto negro que le daba hasta los pies, el traje talar venía descubierto, dejándose ver parcialmente el vestido que de ordinario porta como insignia de su categoría”.[2]

Luego de eso, las autoridades lo expulsaron del territorio. Hay dos versiones sobre esto. Según Valadés, cuando el obispo fue puesto en libertad, esperó la noche para no quitarse el hábito, y se dirigió a una casa en el muelle para salir sin ser visto. Se embarcó hacia Guaymas, donde continuó predicando contra los masones y c el jefe político de Baja California. El comandante del puerto le advirtió que debía evitar el uso público del hábito, por lo que prefirió embarcarse hacia California. La versión de Moreno es que:

“[…] la tiranía llegó a tal grado que se me impidió poder celebrar en mi casa. Por fin, el jefe político, que ha hecho el triste papel de maniquí de los masones, máxime del orador de la logia, extralimitándose en sus facultades, me dio la orden de salir del Territorio en el término de cinco días; orden que no quisieron dar por escrito, quizá para no comprometerse. El día primero de noviembre por la mañana, llegó el vapor Montana, el mismo que hace un año y siete meses nos llevó a La Paz; y en él, bajo el auspicio de todos los Santos, salimos el día primero, en medio del llanto general y con inmenso dolor en nuestro corazón” (Moreno y Castañeda, 1876).

El más pobre de los obispos

Pocos días después del destierro, el peroódico La Equidad publicó una nota elogiando al sucesor del carmelita en la parroquia de La Paz, el padre José María Ruíz Esparza: “Siga el Señor Cura dedicándose exclusivamente a su ministerio y predicando las virtudes cristianas y el respeto a las autoridades, y muy pronto olvidará el público las reminiscencias desagradables que los principios disolventes inculcados en los ánimos de los fieles por el prelado diocesano, hoy ausente del Territorio, dejan desgraciadamente en nuestra sociedad” (Yela Ruíz, 1876). Lejos del olvido esperado por sus adversarios, la historia de fray Ramón Moreno circuló por Estados Unidos y Europa. El religioso se trasladó a Los Ángeles, donde dio una entrevista al periódico Daily Herald en noviembre de 1876, en la cual relató por primera vez su versión de los hechos. La historia circuló también en diarios de San Francisco, donde fue recibido por el arzobispo José Sadoc Alemany. Ahí redactó y publicó la carta pastoral antes citada. Luego se trasladó a la costa este, y desde ahí se embarcó hacia Europa. 

Durante el verano de 1877 tuvo una audiencia ante el papa y presentó un informe sobre las condiciones de la península. En ese documento resalta la preocupación del religioso por el abandono espiritual de los “californios”, debido a la falta de sacerdotes y a los embates de la masonería y del protestantismo, lo cual se explicaba por la cercanía de esos territorios a Estados Unidos.[3] Varios periódicos españoles dieron cobertura a esa audiencia. El diario La Época publicó un artículo titulado “El más pobre de los obispos”, según el cual, el religioso fue llamado así por el propio Pío IX (Fé, 1877). El Siglo Futuro también narró ese episodio:

Al salir de California, sus primeros pasos se enderezaron a Roma, cuna y cátedra de mártires, donde acuden todos los infortunados a fortalecerse para nuevas pruebas con las enseñanzas y ejemplos del Vicario de Jesucristo en la Tierra. Pío IX recibió con indecible ternura al desterrado que lleva en la frente las señales de una corona como la suya, y para dulcificar la amargura de su entrevista, con acento festivo, exclamó al verle: “He aquí al Obispo del país del oro, y sin embargo, el más pobre de todos” (V, 1877).

Después de esa audiencia, el carmelita pasó varios años viajando por Europa, pidiendo limosnas para la península de Baja California, un lugar al que nunca regresó. Varias fuentes señalan que participó en la primera peregrinación masiva hacia el santuario de Santa Teresa de Ávila, y que predicó para los peregrinos “arrancando copiosas lágrimas a sus oyentes” (De Ossó, 1898). En 1879 el papa León XIII lo nombró obispo de Chiapas. El fraile recibió la noticia mientras se encontraba en Viena. Se trasladó a su nueva sede en 1880, pero se jubiló en 1882, a la edad de 43 años. Así, el más pobre de los obispos pasó menos de un lustro en funciones. Para 1890 se encontraba en el convento de Tacubaya que, como otros, fue devuelto a los carmelitas conforme se atenuaron los religiosos durante el porfiriato. En mayo de ese año lo invitaron a administrar el sacramento de la confirmación en Tlaxcala. Durante el viaje enfermó de pulmonía y falleció el día 26 de ese mes, en el santuario de Ocotlán.[4] Esta historia ha sido narrada en varias ocasiones a lo largo de los siglos XIX y XX. La mayoría son textos hagiográficos, en los que historiadores católicos asumen como verdadero el relato del obispo en su carta pastoral. Otros, como Adrián Valadés, reproducen la versión opuesta, y presentan al obispo como quien perturbó el orden del territorio.

El paso del fraile por la península quedó en la memoria de los católicos sudcalifornianos. En 1919 la península fue visitada por un grupo misioneros de Guadalajara. Uno de ellos, Leopoldo Gálvez, narró en sus memorias una entrevista que tuvo con algunos habitantes de San Ignacio. Ellos le reclamaron que los sacerdotes los habían abandonado desde hacía mucho tiempo, y que los pocos que habían pasado por ahí dieron malos ejemplos. Aunque de manera imprecisa, la anécdota refiere a este personaje: “Más acá, el clero concubinario, que se ocuparía más bien de sus mancebas y, usted piense, nos dieron el mate. De 1875 a 78 residió en Baja California un señor obispo joven, fraile carmelita de Puebla, llamado así: fray Ramón Moreno y Castañeda, Obispo de Eumenia, que vivió con mujeres casi en público y dejó descendencia.” (Gálvez, 2018). En 1937, el administrador del vicariato, Alejandro Ramírez, también originario de Jalisco, se puso en contacto con Felipe Torres Hurtado, un Misionero del Espíritu Santo que deseaba ir a Baja California. El prelado relató en una carta los infortunios de su gobierno, atravesado por el conflicto religioso de los años 20 y 30. La mirada de estos sacerdotes era muy parecida. Las luchas entre la iglesia y sus enemigos habían dejado abandonados a los habitantes de la península. Según él, la península había quedado maldita desde el destierro del obispo.

“Siempre había creído yo que una maldición pesaba sobre estas tierras. Desde hace muchísimo tiempo han sucedido tantas cosas, desde que trataron mal a un obispo, al Sr. Moreno, a quien, por su energía en desenmascarar a los masones, lo calumniaron de la manera más infame y lo desterraron. Después vinieron unos padres italianos… Y pensar que esta gente no está maleada, sino abandonada, pero muy bien dispuesta”.[5]

Pedro Espinoza Meléndez


[1] Acervo documental del Instituto de Investigaciones Históricas de la UABC, Colección AGN, Prisión de obispo católico Ramón Moreno, informe redactado en La Paz, BCS, 13 de octubre de 1876, fondo Gobernación, caja 14, expediente 21, fojas 2 – 3.

[2] Archivo Histórico Pablo L. Martínez, Informe respectivo la petición de amparo hecha por el Sr. Obispo D.R. Moreno, La Paz, BCS, 24 de octubre de 1876, 10-V-133 (Exp.67); 208, fojas 30-31.

[3] Archivo Histórico de la Orden de los Carmelitas Descalzos (OCD), Transcripción y traducción de las peticiones que Mons. Moreno presentó a la Santa Sede, sin lugar, 1838 -1891, No. 1263, fojas 20 – 23.

[4] OCD, Copia del acta de defunción de Ramón Moreno y Castañeda, 22 de agosto de 1891, Expediente No. 1263, fojas 14 – 15.

[5] ADT, Carta de Alejandro Ramírez a Felipe Torres Hurtado, La Paz, 25 de septiembre de 1937, Caja 3, Fondo Vicariato Apostólico, Carpeta 1933 – 1938, fojas 61 – 62.

[6] “Nuestros grabados”, La Ilustración Católica, Madrid, 2 de junio de 1878, p. 1.

Sobre intolerancia y política religiosa en Michoacán

Michoacán no fue tierra de diversidades, al menos no en términos religiosos. Esto se constata claramente al adentrarnos en su historia social y política de los siglos XIX y XX. Si bien, hubo una legislación federal en la materia a la cual la política del estado se ajustó [las Leyes de Reforma de 1859 y las constituciones federales de 1857 y 1917], costó una larga y desgastante lucha lograr que una sociedad católica como la michoacana “aceptara” compartir su fe con otras denominaciones religiosas como las metodistas, presbiterianas y bautistas.

 Aunque se sabe de unos cuantos individuos que al interior de sus hogares practicaban un culto “diferente”, allá por el año de 1870[i] gracias a la ley de cultos que se había publicado un año antes,[ii] su presencia no significó en términos cuantitativos motivo de preocupación. Pese a ello, fueron objeto de persecuciones, apedreamientos, motines e intentos de asesinato por parte de una feligresía católica celosa de su fe, azuzada en no pocas ocasiones por los curas. Por lo anterior, se deduce que la importancia de estos pocos disidentes radicaba más bien en que introducían una nueva forma de religiosidad “diferente”, ajena a la que conocían, sinónimo de desunión y de anexión estadounidense, pero aun más importante, que socavaba el monopolio de la religión católica. 

Hacia el periodo del porfiriato, en que parecería que todo el sistema político se estabilizaba, las diversas formas de religiosidad se fortalecieron bajo el amparo del gobernador Aristeo Mercado. Este aplicó de manera laxa las leyes de culto, no para favorecer sino para conseguir la tan anhelada paz esperada por todos después de arduas luchas que desgastaron a la sociedad, luchas que hay que recordar, fueron propiciadas en no pocas ocasiones por motivos religiosos. Cómo olvidar por ejemplo, la polémica entre “un cura de Michoacán”, seudónimo atribuido al obispo Clemente de Jesus Munguía, y Melchor Ocampo, por proponer al congreso la reforma de las obvenciones parroquiales y la libertad de conciencia en 1851, polémica que dicho sea de paso fue el argumento que más tarde utilizaría Lucas Alamán para acusar a Ocampo de haber sido el autor intelectual de la revolución de Ayutla.[iii] Hay que recordar también, el motín del padre Hilario Cabero en 1871, quien desde el pulpito incitaba a su feligresía para que acabara con  los “protestantes y masones” que existían en la ciudad de Morelia.[iv] O las múltiples representaciones de hombres y mujeres católicos “implorando y exigiendo” no legislar el artículo 15 del proyecto de constitución de 1856 y posteriormente la constitución de 1857, por permitir la tolerancia de otros cultos.[v] En este recuento de enfrentamientos por motivos religiosos, encontramos también el levantamiento religionero iniciado en Jiquilpan en el rancho de Cótiro en 1874,[vi] en el que al grito de vivas a la religión, se combatió la política anticlerical del presidente Lerdo de Tejada por haber elevado a constitucionales las Leyes de Reforma,[vii] pidiendo en voz de uno de sus líderes, Socorro Reyes, detener el avance de la impiedad sobre la religión católica.[viii]

Una vez hecho el recuento de estas vicisitudes, era comprensible que la política del estado porfirista estuviera encaminada a pacificar y evitar los dilemas por motivos religiosos. Para lograrlo, se ofreció conciliación a católicos y protestantes por igual, lo que ocasionó que esos últimos apoyaran sin cuestionamientos la política de estado. El resultado de su obediencia a las autoridades se reflejó en la dinámica de crecimiento que tuvieron los templos y escuelas de primeras letras, sin restricción alguna de parte de los mandatarios estatales. Esta conciliación también permitió una participación activa de los religiosos protestantes en la política local, como empleados en los ayuntamientos, diputados federales y líderes de clubes liberales; mientras que a nivel federal crearon institutos, hospitales y una red de periódicos. Este fortalecimiento protestante, se debe decir, se dio en un contexto de enfrentamientos con el clero católico, que seguía mostrándose renuente a su presencia. Tribunas cívicas, sermones y periódicos fueron testigos de la disputa ideológica entre las diversas denominaciones religiosas, llegando a suscitarse incluso algunos conatos de violencia que fueron atendidos a tiempo por las autoridades.

La política surgida de la revolución y la etapa constitucionalista, sin embargo, marcó otro rumbo a seguir. Las tres denominaciones, heterogéneas entre sí por motivos religiosos, tomaron disímiles posturas ante los acontecimientos. En esta época de reacomodos e incertidumbres, los presbiterianos aceptaron la llegada de Francisco I. Madero a la presidencia, para posteriormente, secundar el llamado de Venustiano Carranza en contra de Victoriano Huerta con el propósito de proteger a sus comunidades de los grupos de bandoleros y exigir de paso la devolución y dotación de tierras. Los bautistas, por su parte, idearon una serie de mecanismos para evitar la nacionalización de sus propiedades, mientras que los metodistas prefirieron salir del estado en 1919 debido a que no pudieron sobrellevar el peso de las leyes anticlericales emanadas de la constitución de 1917. Esta política ofreció a los líderes nativos una coyuntura para reforzar su sentimiento nacionalista al plantearse seriamente la idea de fortalecer un protestantismo mexicano con poca intervención de las misiones estadounidenses.

A pesar de que las denominaciones protestantes trataron de sortear las medidas impuestas por los gobiernos anticlericales, el resultado no fue el esperado, ya que las reglamentaciones en materia religiosa contenidas en la constitución federal de 1917 las obligó a cerrar sus escuelas y obligó a sus ministros extranjeros a dejar la dirección de los templos, toda vez que la gran mayoría de ellos fueron nacionalizados. A estas medidas se sumó el decreto 26 por el que el gobernador Enrique Ramírez reglamentó el artículo 130° federal, implementando la Ley Calles que normalizó el ejercicio del culto público y dictó las penas por la infracción al artículo. Desencadenando de nueva cuenta el conflicto armado entre los fieles católicos y el Estado conocido como La Cristiada, que culminó tres años después. 

Hacia 1932 Lázaro Cárdenas, gobernador del estado, en su afán de tranquilizar los ánimos publicó una nueva ley de cultos más conciliadora y menos hostil al clero católico, conocida como la Ley número 100. Las autoridades cardenistas atendieron las demandas de los grupos religiosos católicos y protestantes en relación con las muestras de intolerancia de parte de algunos cristeros y de organizaciones anticlericales alineadas a la Confederación Revolucionaria Michoacana del Trabajo, que llegaron a considerar a ambos grupos como “elementos hostiles”. Les otorgó incluso sin ninguna restricción más que las estipuladas en las leyes, los permisos necesarios para la compra de predios destinados a abrir nuevos templos, cerrando así una época de enfrentamientos y legislación en torno a las diversidades religiosas. 

Finalmente, en este periodo de tiempo se rescatan algunas consideraciones interesantes: que la política religiosa en el estado propició un acercamiento a los diversos cultos y como consecuencia el apego de estos a las autoridades constituidas. Que el fortalecimiento de las diversidades corrobora que no fueron un elemento hostil al sistema político porfirista. Que si decidieron involucrarse en la revolución fue por motivos personales, para defenderse de las gavillas, subsistir en medio de la crisis y tratar de conseguir tierras por medio del reparto agrario. Si bien las reglamentaciones de 1917 restringieron su labor escolar y misionera, en la práctica su aplicación quedó en manos de las autoridades locales quienes les permitieron seguir conservando sus escuelas y no actuaron cuando se idearon mecanismos para evitar la nacionalización de los templos. 

Leticia Mendoza García

Posdoctorante en IIH-UABC


Referencias

[i] Arreola, Epitacio Huerta, pp. 116.

[ii] Reglamento para el ejercicio de los cultos, 1869, 15 pp.

[iii] Arreola, Obras completas, pp. 191-208.

[iv] Romero Flores, Jesús, Michoacán histórico, pp. 449-450. Antonio Espinosa, Alcance al número 47 de Los Principios, Morelia, 7 de agosto de 1871, pp. 1-2. 

[v] Mendoza García Leticia, “Libertad de conciencia”, 2009.

[vi] Bravo, Historia sucinta, p. 474. 

[vii] Ley orgánica de las adiciones, 15 pp.

[viii] Socorro Reyes, católico, apostólico, romano”, La Bandera de Ocampo, núm. 51, Morelia, 7 de febrero de 1875, p. 4. 

Bibliografía 

Espinosa, Antonio, Alcance al número 47 de Los Principios, Morelia, 7 de agosto de 1871. 

Arreola Cortés, Raúl, Epitacio Huerta, soldado y estadista liberal, Morelia, Gobierno del estado de Michoacán, 1979.

Arreola Cortés, Raul, Obras completas de Don Melchor Ocampo, Vol. 2, Morelia, Comité Editorial del Gobierno de Michoacán, 1985.

Bravo Hugarte, José, Historia sucinta de Michoacán, Michoacán, Morevallado Editores, 1993.

Reglamento para el ejercicio de los cultos en el Estado de Michoacán expedido por el gobierno del mismo en 20 de mayo de 1869, Morelia, Imprenta de Octaviano Ortiz, 1869.

Romero Flores, Jesús, Michoacán histórico y legendario, México, Costa Amic, 1970. 

La Bandera de Ocampo, núm. 51, Morelia, 7 de febrero de 1875.

Ley orgánica de las adiciones y reformas constitucionales, Morelia, 1875.

Mendoza García, Leticia, “Protestantismo liberal en Michoacán. El presbiterianismo en el distrito de Zitácuaro”, 1877-1901, tesis de maestría, Morelia, IIH-UMSNH, 2011.

Mendoza García, Leticia, Política religiosa en Michoacán. Las diversidades evangélicas 1910-1932, Morelia, IIH- UMSNH, 2017.

Sobre el seminario: “Renovaciones historiográficas: Historia global, poscolonialismo y el estudio histórico del siglo XX” impartido por el Dr. Daniel Kent Carrasco.

Muchos creíamos que los seis años que pasó Octavio Paz como agente diplomático en la India, más allá de que su renuncia fuese (o no) una protesta por la matanza de Tlatelolco, se tradujeron en un mutuo descubrimiento entre ambas naciones. La publicación del libro Vislumbres de la India (1995) y otros fragmentos de su obra poética, reflejan la construcción de un discurso estético que supo conectar la vida de ambos pueblos en un continuum de saberes y expresiones estéticas y, en menor medida, políticas. Hoy día la refrescante obra y trayectoria académica del doctor Daniel Kent Carrasco, que al igual que Paz aprendió algo más que mero exotismo al viajar a la península indostánica, muestra que mucho antes de que el laureado poeta fuese embajador mexicano en Nueva Delhi, existían varias tramas individuales y de redes partidistas y científicas internacionales que al vincularse a los movimientos ideológicos de comienzos del siglo pasado buscaron mejorar el mundo. 

El curso “Renovaciones historiográficas: historia global, poscolonialismo y el estudio histórico del siglo xx”, impartido los días 13 y 14 de febrero de 2020 para los estudiantes del Programa de Maestría y Doctorado en Historia (PMDH) del Instituto de Investigaciones Históricas, y demás público interesado, aportó fuertes elementos críticos acerca de cómo contemplar la unicidad del mundo que las utopías deseaban cambiar y mejorar. Especialista en la historia política y contemporánea de la India, el doctor Kent Carrasco compartió una serie de textos y reflexiones sobre algunos de los intereses teóricos e historiográficos de utilidad para aquellas y aquellos abocados a escribir historia sin reproducir paradigmas dominantes que, debido a su naturaleza interna, suelen marginar la comprensión cabal de países como México o India. Muy a tono de la conferencia magistral que impartió el día anterior, el 12 de febrero, el doctor Kent Carrasco, profesor e investigador de la Universidad de Sonora, argumentó que la historia global ofrece una perspectiva útil para abrir objetos de investigación “a la simultaneidad”. Inscrito en la corriente de estudios poscoloniales y ante la pregunta de la doctora Diana Méndez Medina sobre cómo escribir una historia agrícola en clave global, el expositor aclaró que dicho enfoque no busca la reconstrucción de totalidades, sino brindar una lectura particular y amplia de los fenómenos históricos. 

Durante la primera hora del curso, las y los asistentes fueron presentándose con especial énfasis en los proyectos de tesis que los han conducido al PMDH. Lo anterior dio la oportunidad al doctor Kent Carrasco de conocer de primera mano los intereses de investigación de las y los estudiantes e investigadores asistentes, de tal suerte que supo hasta dónde podría llevar las argumentaciones del curso. De entrada, advirtió que la búsqueda de la historia global por lo simultáneo (y no por el método comparativo) se justifica en los paralelismos y sincronías de experiencias tales como la agricultura de la llamada revolución verde [1]. La fascinante biografía del genetista y líder de izquierda Pandurang Khankhoje, cuyo retrato aparece en los murales que pintó Diego Rivera en la Secretaría de Educación Pública, dio pie para hablar de procesos históricos que por sus formas de integración no reproducen “matrices eurocéntricas”. 

Escribir historia global implica, advirtió el doctor Kent Carrasco, establecer una relación distinta con las entidades geográficas, en el sentido de una apertura en la cual deben “problematizarse identidades dúctiles”. De ahí el continúo trabajo de contextualización, a partir de ejemplos e historiografía cuyas potentes argumentaciones cuestionan lo nacional, a su vez que quitan la hegemonía conceptual de Europa. Así, las intervenciones que iban sucediéndose una tras de otra, motivaron el gesto noble de compartir referencias bibliográficas, de tal suerte que las inquietudes y curiosidades individuales de las y los asistentes fueron socializadas, siempre, en función de lo que sabe el doctor Kent Carrasco sobre el subcontinente asiático en cuestión. Por ejemplo, acerca de intereses ligados a la historia ambiental y el ambientalismo, e incluso críticas desde el modelo anti-antropocéntrico, el expositor remitía a situaciones como las de las reservas ecológicas de elefantes que se encuentra en medio de una situación de guerrilla [2]. 

Para el expositor, sin duda, el calentamiento global pareciera que es la primera vez en la historia que existe algo que incumbe a todos los pueblos y naciones del mundo, pero no es así. La década de 1920 fue precisamente el reflejo de ideologías que, tanto en un extremo u otro de las orientaciones de izquierda o derecha, suponían que el problema del futuro sería administrar la abundancia. Hoy día dicho escenario cambió y no precisamente por las polarizaciones políticas e ideológicas, sino en los términos de un modelo de explotación económica para el que siguen cobrando vigencias las críticas al capitalismo. En opinión personal del doctor Kent Carrasco, las actuales generaciones observarán la finitud del medio ambiente y las formas sociales simbióticas al mismo. Siguiendo un ejemplo típicamente colonialista y del imaginario colonial de las potencias occidentales, mencionó que el personaje de ficción King Kong siempre resurge en los momentos de tensiones y escenarios de crisis. ¿Qué papel deben jugar las y los historiadores ante dicha situación? Retratar la sensibilidad contemporánea, sobre todo, en las comunidades de intercambio académico, intelectual y cultural. Solamente bajo este imperativo sería inteligible la dimensión humana de la catástrofe [3].  

De ser verdad aquello de que “el pasado es una lengua extranjera”, cursos breves como el del doctor Kent Carrasco son lecciones de alfabetización histórica, cuyo impacto será efectivo e inmediato. Con la mirada puesta en la producción de tesis estudiantiles y artículos de investigación de los colegas, la segunda sesión tuvo por objeto discutir una serie de lecturas, en concreto, aquellas destinadas a presentar los estudios subalternos. El texto que acaparó favorablemente la atención fue de Dipesh Chakrabarty, Al margen de Europa (primera edición en Princeton University Press, 2000). Aficionado a la lectura de ése y otros teóricos e historiadores de la corriente poscolonial, el doctor Kent Carrasco reconoció lo sanas que son las críticas de Chakrabarty al historicismo “como comparsa de la dominación europea”. Teniendo en mente las concepciones globales expuestas el día anterior, su reconstrucción del pensamiento poscolonial buscó destacar las diferentes formas de vivir la historia según el género, etnicidad y clase social. 

“El tiempo histórico no es integral”, anota Chakrabarty, “se halla dislocado de sí mismo” [4]. La propuesta general del curso del doctor Kent Carrasco no estuvo orientada a dinamitar el concepto y teoría de la historia, pero si a mostrar las posibilidades existentes de descentralizar los sujetos y medios tradicionales del quehacer histórico. Dichos planteamientos no pueden desligarse, dentro de las líneas historiográficas renovadas que compartió con las y los asistentes, de la perspectiva sobre la condición subalterna. Desde hace décadas, las y los historiadores dedicados a estudiar el pasado de la península indostánica han descubierto que no es posible colocar a los sujetos tradicionales de la historia al centro. Escribir historia implica una constante descentralización. Tales desafíos implican buscar “abajo” los motores del cambio histórico. Producto de una introspección biográfica que justifica la construcción del saber académico como procedimiento estándar del estudio poscolonial, Chakrabarty situó las orientaciones dominantes de los pensadores europeos ilustrados, y de la era de las revoluciones, cuyos planteamientos teleológicos de la historia excluyeron a los países que posteriormente fueron denominados tercermundistas. 

Inspirándose en el propio Chakrabarty, para el estudiante del PMDH, César Larrea, “provincializar” supone ya “romper [con] el historicismo”. Lo cual no significa otra cosa que pensar diferente la historia. En opinión de quién esto escribe tal planteamiento resulta adecuado siempre y cuando no se pierda de vista nuestro propósito qué es leer y escribir historia. Toda propuesta que sitúe un diálogo entre disciplinas de las ciencias sociales y humanidades es benéfica y más cuando proviene de geografías distintas a la nuestra. Ahora bien, el riesgo es no olvidarse de los objetos de estudio que por más rodeos teóricos seguirán anclados siempre al pasado. Obviamente, a la lista de pecados capitales de las y los historiadores se ha sumado recientemente la crítica al etnocentrismo [5], mismo que junto al anacronismo, forma parte de las prescripciones básicas del oficio.

El curso en cuestión no hizo otra cosa más que señalar todos estos desafíos. Por ello, la historia global y el poscolonialismo resultan herramientas útiles para emprender historiar con mayor conciencia. Interpelando constantemente a las y los asistentes sobre el libro de Chakrabarty, el expositor compartió el fragmento de Al margen de Europa (2008) que quizás más le gusta. Se trata del testimonio del nativo que resistía a una campaña de vacunación emprendida por autoridades de la India junto a organizaciones y voluntariado estadunidense. “Una cuadrilla de médicos y policías redujo rápidamente a Mohan Sing. En el momento en que lo sujetaron contra el suelo, otro vacunador le inyectó la vacuna contra la viruela en el brazo”, acto seguido fueron sometidos el resto de familiares. Debe decirse que el reto de salud pública global de exterminar, entre las décadas de 1970 y 1980, esta enfermedad epidémica encontró en la India proporciones mayúsculas, debido a las implicaciones éticas y étnicas que esta labor entrañó. No en vano el doctor Kent Carrasco escribe historia con enfoques que han surgido de dicho contexto, pues ya no se desea caer en “violencia epistémica”. ¿Se violentó a los nativos que no deseaban recibir el preventivo? Lo más seguro es que la respuesta sea afirmativa, pero tampoco las y los historiadores debemos creer que hubo una respuesta pasiva del nativo pues al momento del sometimiento, pues nos asegura Chakrabarty, “dio un mordisco profundo a uno de los doctores en la mano, pero fue en vano” [6]. Y por esa misma razón, los discursos históricos comienzan a evitar estas actitudes.  

Dr. Víctor Manuel Gruel Sández

Investigador del Instituto de Investigaciones Históricas

Notas:

[1] El doctor Kent Carrasco aprovechó el primer día del curso para compartirnos un artículo de próxima aparición en la prestigiosa revista Historia Mexicana, del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México: “De Chapingo a Sonora: Pandurang Khankhoje en México y el tránsito del agrarismo a la agroindustria”.  

[2] A propósito del libro de Alpa Shah, In the Shadows of the State. Indigenous Politics, Environmentalism, and Insurgency in Jharkhand, India. Sobre el ambientalismo y la historia global recomendó leer a Ramachandra Guha, Environmentalism: A Global History

[3] El doctor Kent Carrasco mencionó la colaboración que sostiene, en relación a dicha idea, con el Tricontinental Institute for Social Research. Por otro lado, más allá de la escritura académica, algunos de sus columnas de opinión especializadas en India y China, pueden leerse en la plataforma virtual de la Revista Común

[4] Dipesh Chakrabarty, Al margen de Europa. Pensamiento poscolonial y diferencia histórica, Barcelona, Tusquets Editores, 2008, p. 44. 

[5] Sobre todo, con las corrientes antropológicas más afines y menos interesadas en desestabilizar el discurso histórico, como las de Clifford Geertz, Johannes Fabian, James Clifford, Saurabh Dube, Alban Bensa y un sinfín de autoras y autores que cultivan con gusto la antropología histórica. 

[6] Chakrabarty, Al margen de Europa, p. 78. 

Sonora (2019) Dir. Alejandro Springall, 94 min.

“Chinos huyendo, gringos perdidos, indios ciegos ¡Qué pesadilla!” La sufrida frase pronunciada por el actor Juan Manuel Bernal en su papel de un nacionalista, racista, colérico y desesperado funcionario militar en algún lugar del gran desierto de Altar, bien puede resumir la más reciente obra cinematográfica de Alejandro Springall (Ciudad de Mexico, 1966).

Debo iniciar señalando que el poco tiempo que Sonora (2019) estuvo en cartelera, además de su poca disponibilidad en salas de cine fue un acto de injusticia tanto para el filme como para los consumidores. Sobre todo, comparado con la proyección obtenida por las comedias románticas de producción nacional. Para fortuna de los lectores de esta reseña, la película se encuentra desde el mes de octubre de 2019 en la plataforma digital Netflix.

Se trata de una cinta del genero road movie ambientada en el año de 1931 donde el objetivo idílico de todos los pasajeros es llegar a Mexicali, ubicada en el entonces distante pero generoso Territorio Norte de Baja California. La travesía la hacen a bordo de un verde y hermoso automóvil Chrysler modelo 1929, conducido por una mujer que, ante el cierre de la frontera de Nogales y con ello la única forma de acceso vía carretero a Mexicali, se lanza a la oportunidad de realizar un viaje de onerosos ingresos a través del desierto. El grupo deberá confiar en los conocimientos como guía de un tohono o’odham o indio papago encarnado por el actor Joaquín Cossío, que es al mismo tiempo la víctima de un abismal alcoholismo y la única esperanza de los viajeros.

El contexto político, social e internacional que se presenta puede resultar un tanto incómodo ante la incomprensión del pasado por parte del espectador. Pero, no es su culpa, resulta que al igual que en otros espacios, en el cine nacional la xenofobia y el racismo practicado por los mexicanos hacia los otros poco o casi nunca había sido expuesto. Menos en la pantalla grande. ¿Qué clase de sociedad sería la nuestra si por un lado exigimos una demanda histórica de respeto y trato digno a nuestros “paisanos” en el exterior y por el otro atacamos de forma brutal y selectiva a personas de otra nacionalidad a quienes consideramos indeseables, un riesgo para la paz y para la salud pública?  ¡Qué escándalo! 

Eso debió ser Sonora en las salas de cine, un escándalo. Y no tanto por el guion, que adelanto, tiene un final bastante flojo. Quizás la película se encuentra en todo caso superada por el contexto bajo el que se desarrollan las historias de los personajes y las coyunturas actuales que parecen tan simétricas a las de ese pasado.  

Se muestran los conflictos diplomáticos en la frontera de México y los E.E.U.U. a raíz del regreso masivo de trabajadores mexicanos y el cierre de la misma, ordenada por el presidente Hoover para mitigar los efectos de la crisis de 1929. Últimas acciones emprendidas que terminarían por precipitar su inminente derrota electoral meses después frente al candidato demócrata Roosevelt. No es casualidad que las primeras tomas sean de un trabajador mexicano que regresa de las minas de Arizona a través del sistema ferroviario e introducido a territorio nacional a través de Nogales junto a cientos de mexicanos. En el cuadro pueden apreciarse recreaciones de diversas fábricas y establecimientos comerciales ubicadas al margen de la frontera, todas con nombres en inglés.

El contrabando de alcohol producto de la Ley Volstead también encuentra un espacio en el desierto de Sonora, al igual que en toda la zona fronteriza. Los protagonistas de este embrollo al que bien puede dedicárseles un cortometraje completo son un par de cínicos, pero simpático dúo de contrabandistas conformado por un mexicoamericano y un estadounidense de ascendencia irlandesa (quizás este último como un guiño al empresario y político Joseph P. Kennedy). Acá también queda plasmada las diferencias personales con marcados tintes raciales entre “los socios”, pero que son toleradas meramente por intereses económicos. 

La película enmarcada temporalmente en el llamado Maximato, con todos los puntos y las comas que ello representa, por ejemplo: que “la religión tendrá su lugar, aunque limitado en el nuevo México”, apunta de nuevo el actor Bernal. Sonora vive así su propia experiencia política entre una menguada presidencia de Pascual Ortiz Rubio y la recién promulgada Doctrina Estrada en materia de política exterior, y por otro lado el gobierno estatal xenófobo, radical con su propia interpretación del nacionalismo de Rodolfo Elías Calles, hijo del otrora poderoso sonorense Plutarco. 

Los puntos anteriores son evidenciados con los tres tópicos a los que la investigadora del Colegio de Sonora, Ana Luz Ramírez refiere con respecto a la propaganda de los comités antichinos, “los económicos, los raciales y los higiénicos-sanitarios”. Pues las escenas se presentan en el mismo orden y sentido, primero la clausura del establecimiento, seguido por la señalización de las personas asiáticas como “perros amarillos”. Por último un militar a cargo de los “fascistoides guardias verdes”, documentados por las investigaciones de Catalina Velázquez, señala que el establecimiento de la familia Wong se clausura por “violar las leyes sanitarias”, y justifica su actuar refiriendo a un artículo 71 (presumiblemente del Código Sanitario de los Estados Unidos Mexicanos, 8 de junio de 1926). Donde se señala que no pueden ingresar al país los extranjeros enfermos de “tuberculosis, lepra, beri-beri, tracoma, sarna, encefalitis crónica de la infancia, filariasis,”. Argumentos usados por el militar para acusar a los chinos de ser una amenaza para la salud pública. 

Al igual que lo hiciera Hebert Eugene Bolton en los albores del siglo XX, en su búsqueda de seguir las huellas del misionero jesuita Francisco Eusebio Kino a través del llamado “Camino del Diablo” rumbo a California con el fino objetivo de apreciar el espacio tal y como Kino lo vivió, Alejandro Springall, sus actores y la producción deleitan al espectador con hermosos paisajes y planos visuales donde las extensas arenas acompañadas de inmensos sahuaros, ocotillos, choyas y palo verde, muestran un espacio natural único de grandes proporciones e innegable belleza, pero al mismo tiempo altamente letal para la vida humana.

Mención especial merecen los actores a quienes durante buena parte de la trama es visible la deshidratación y enrojecimiento de piel a la que se ven expuestos tras largos días de exposición al clima de verano con temperaturas que superan en ocasiones los 50 grados centígrados.  

Sonora es una película donde los protagonistas libran una batalla en diferentes frentes abiertos al mismo tiempo, contra el escenario natural y la desesperación por escapar de Altar, pero también consigo mismos, con alianzas improvisadas y sus fantasmas del pasado. Siendo el personaje más enigmático el del oficial de caballería del ejercito de Francisco Villa a quien cada minuto que transcurre en suelo sonorense lo conduce inexorablemente a derroteros mentales nada deseables. Al final solo podrán llegar a Mexicali quienes sobrevivan al espacio que transitan y a su cordura mental.

Julián Rodríguez Fonseca

Estudiante de maestría del PMDH del IIH-UABC

Pamplonada en Tecate (1979-1989) “Opulenta y repudiada”

La modernidad mexicana comprendió la tardía organización del sector turístico; en Tecate su organización pública comenzó a finales de los setentas, cuando en aras de alcanzar la popularidad de los municipios contiguos (Tijuana y Mexicali) surgió la Pamplonada, desde la élite política, para satisfacer al turista estadounidense, curioso de vivir la experiencia no sólo de los burdeles, bares y juegos de azar, sino también del espectáculo taurino.

En ese contexto, “hermanar Tecate con Pamplona, España” fue la propuesta que hizo Constantino León a Perfecto Lara Rodríguez, presidente del municipio. Aunque la idea quedó en fantasías y no hay certeza de que éste sea su verdadero origen, la Pamplonada se convirtió en un evento de gran envergadura para el municipio, subsistiendo 10 años.

La primera Pamplonada fue celebrada en el callejón Libertad y recibió 10,000 visitantes, en su mayoría estadounidenses[1], posteriormente el número creció hasta rebasar la propia cantidad de habitantes de la ciudad.[2] Las demás fueron en diferentes avenidas del centro urbano, entre agosto y septiembre. Nunca tuvieron itinerario fijo, puesto que dependían de la capacidad administrativa en turno para resolver diligencias. Generalmente podían incluir venta de cerveza, charlotadas, escaramuzas, maratones, torneos de vencidas, rodeos, desfiles, musicales y representaciones artísticas.[3]

A pesar del apoyo de la Cámara de Comercio y los esfuerzos de sus dirigentes como José Manuel Jasso Peña y César Moreno Martínez de Escobar para su reglamentación, la Pamplonada “estaba condenada desde un principio”[4] ¿El motivo? Desorganización, falta de infraestructura y vigilancia adecuada para recibir a tantos turistas en un fin de semana. 

Aunado a la adrenalina, la Pamplonada incluía accidentes, violencia y daños, pues según relata Constantino León, muchos fanáticos, con tal de lograr una mejor vista, escalaban casas y carros de los residentes. El maltrato animal bajo efectos del alcohol y otras drogas es quizá, lo más difícil de olvidar para quienes alguna vez fueron espectadores.

Imagen cortesía de Mauricio Durán Rosas

Para Alonso de León, residente del municipio desde 1970, ese recuerdo le es “medio traumático…los toros corrían por la avenida Juárez…como era muy pequeño…había como cuatro policías…eran unas borracheras enormes y la cervecería también se beneficiaba de eso…venía gente del interior de la república, de la misma Baja, gente local y también más arriba de los Estados Unidos…obviamente ese evento era para gente a la que le gustara más el peligro…les salía más barato venir a Tecate que ir a Pamplona.[5]

En consecuencia, los malos comentarios se extendieron y la imagen exterior de la ciudad se degradaba; los comités de turismo en Tijuana y Mexicali criticaban corridas de toros improvisadas e irregular venta de cerveza.

Imagen cortesía de Rigo Alonzo Quiroz Quiroz

La Sociedad Humanitaria de Tijuana, A. C. la describía como un acto cruel que proyectaba al extranjero una imagen negativa de Tecate y exigía respetar la Ley de Protección de Animales del Estado de Baja California. Además, prohibir la entrada a menores de edad, estandarizar la vestimenta de los participantes, el uso de toros de 400 kg, no novillos o vaquillas y mayor vigilancia, así como una malla de alambre que contuviera a la multitud.[6]

Sociedades animalistas como PETA (People for the Ethical Treament of Animals), denunciaron la corrida de toros por abuso animal, embriaguez y sadismo, incluso amenazaron con boicotear los viajes a México, la cerveza Tecate y llevar un gran número de manifestantes.[7]

Aunque el panorama no era nada alentador, fue hasta 1985 que sus días de apogeo colapsaron junto con su plaza de toros, que “por causas desconocidas se vino abajo frente a los espectadores taurinos”.[8] Las siguientes tres pamplonadas, sólo contribuyeron a su decadencia y la última de ellas, acontecida al final del gobierno de Jesús Méndez Zayas, fue contenida con disparos al aire por el ejército nacional, a causa del desorden provocado por la venta desmedida de cerveza.[9]

Por consiguiente, la tensión se concentró y su final, fue tan súbito como su inicio. Ya en 1990, Jesús Rubén Adame justificó su desenlace como estrategia para garantizar el bienestar de la ciudadanía tecatense, presumiendo el reconocimiento internacional de la suspensión del evento,[10] aunque esto pudo ser una forma de disimular la responsabilidad de aceptar los daños promovidos por su reiterado descuido.

Debido a la ausencia de fuentes, no es fácil reconstruir cada una de las pamplonadas, pero existen en la memoria de muchos testigos, conocer sus perspectivas nutriría los vacíos de su desarrollo. Tampoco existen estadísticas que respondan con certeza al impacto económico o demográfico que tuvo este hecho. No obstante, sí podemos identificar la influencia que tuvo en su devenir turístico, ya que desde su eliminación, hubo un renacer discursivo del Tecate tradicional, con una oferta turística de “tranquilidad y descanso”, sobre la cual se sostuvo al menos, hasta 2012.

En conclusión esto nos demuestra que los proyectos de atracción turística que ignoran la realidad de una localidad, no son factibles a largo plazo, por muchos visitantes que atrajesen. Al presente, sorprende pasear por las estrechas avenidas de Tecate e imaginar la opulencia de tal espectáculo, aunque la plaza haya sido desmontable y su subsistencia frágil, la relevancia de la Pamplonada será inamovible.

Lidia Isabel Díaz Saldaña

Egresada de la carrera de Historia – Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales UABC

Referencias 

  • Adame Losstanau, Gabriel. Programa de Apoyo a las Culturas Municipales Comunitarias PACMyC. Entrevista a Gabriel Adame Lostanau. Archivo de la Palabra: “Tecate en Voz de sus Habitantes”, Biblioteca CAREM A.C. Emitida en Tecate, Baja California. 6 de mayo de 2009. Documento impreso.
  • Constantino, León. Tecate en los años 20s  Tiempo Hermético 06. Entrevista en Daniel Torres Youtube. Emitido el 19 de diciembre de 2017. Video (29: 48). https://www.youtube.com/watch?v=1vKeTlfK5es.
  • De León Ramírez Alonso. Entrevista realizada por Lidia Díaz. Emitida en Tecate, Baja California. 11 de julio de 2018.
  • Chávez Pedro, Ruiz Juan. “Hoy hace 30 años: 126 heridos en Tecate”. El vigía. 29 de septiembre de 2015. https://www.elvigia.net/nacional/2015/9/29/hace-aos-heridos-tecate-212464.html.
  • Méndez Zayas, Jesús. Programa de Apoyo a las Culturas Municipales Comunitarias PACMyC. Entrevista a Jesús Méndez Zayas. Archivo de la Palabra: “Tecate en Voz de sus Habitantes”, Biblioteca CAREM A.C. Emitida en Tecate, Baja California. 22 de julio de 2009. Documento impreso.

[1] Constantino León Pamplonada Tiempo Hermético 06, entrevista en Daniel Torres Youtube, emitido el 24 de noviembre de 2017, video (1:07:46), https://www.youtube.com/watch?v=lep0m8WI3WA&feature=share.

[2]Gabriel Adame Losstanau, Programa de Apoyo a las Culturas Municipales Comunitarias PACMyC, entrevista a Gabriel Adame Lostanau, Archivo de la Palabra Biblioteca CAREM, emitida en Tecate, Baja California, 6 de mayo de 2009. Documento impreso.

[3] Atenta solicitud para Francisco Alfredo Apodaca Duran director del centro de salud Tecate en expedido por el Iing. César Moreno Martínez de Escobar en Tecate, Baja California a 10 de octubre de 1984, Archivo General del Ayuntamiento de Tecate, Folder Pamplonada, Dependencia Presidencia municipal, Sección Secretaría, Núm. 01669, Exp. (29.94/329), Sin núm. de foja.

[4] Traducción propia, Luis Urrea, “A Fire in Tecate The passing of Pamplonada”, San Diego Reader, (24 de enero de 1991), https://www.sandiegoreader.com/news/1991/jan/24/cover-a-fire-in-tecate/?page=1&.

[5] Alonso de León Ramírez, entrevista realizada por Lidia Díaz, emitida en Tecate, Baja California, 11 de julio de 2018.

[6] Carta de la Sociedad Humanitaria de Tijuana A.C. al Ing. César Moreno Martínez de Escobar firmada por la Presidenta Rosario Soriano de Hernández y Secretaría Luciralia Vazquez, Tijuana, Baja California, 27 de junio de 1985, en Archivo General del Ayuntamiento de Tecate, Folder Pamplonada, Sin núm. de foja.

[7] Carta de denuncia y queja sobre las condiciones y el orden de la Pamplonada en Tecate para la Delegación de Turismo expedida por People for the Ethical Teatment of Animals PETA firmada por Sally Mackler coordinadora de San Diego en Tecate, Baja California el 7 de octubre 1986, Sin núm. de foja

[8] Pedro Chávez, Juan Ruiz, “Hoy hace 30 años:126 heridos en Tecate”, El Vigía, (29 de septiembre de 2015), https://www.elvigia.net/nacional/2015/9/29/hace-aos-heridos-tecate-212464.html

[9] Jesús Méndez Zayas, Programa de Apoyo a las Culturas Municipales Comunitarias PACMyC, entrevista a Jesús Méndez Zayas, Archivo de la Palabra Biblioteca CAREM, emitida en Tecate, Baja California, 22 de julio de 2009. Documento impreso.

[10] XIII Ayuntamiento de Tecate, Primer Informe de gobierno Jesús Rubén Adame Lostanau, (28 de noviembre 1990), 45.

De lastre a botín: las disputas revolucionarias por el control del Distrito Norte de la Baja California durante el gobierno de Esteban Cantú

Desde que el gobierno del presidente Porfirio Díaz dividió en dos Distritos la península de Baja California en 1888, la parte norte dependió en gran medida del subsidio que el gobierno federal enviaba mensualmente para sostener el aparato burocrático y militar en la localidad. A esta dependencia económica se sumaba la política, puesto que, con la categoría de Distrito, las autoridades locales estaban subordinadas a la Secretaría de Gobernación.

La situación administrativa y financiera del Distrito Norte se agravó a causa de los diversos movimientos revolucionarios ocurridos entre 1910 a 1915 que impidieron al gobierno federal en turno enviar el subsidio necesario para que las autoridades civiles y militares locales realizaran sus diversas funciones. Sobre todo, después de la victoria de los grupos revolucionarios en contra del presidente Victoriano Huerta y la lucha entre facciones durante los años de 1914 a 1915. 

Debido a que no existía una autoridad federal ni capacidad por parte de los grupos en pugna para ejercer funciones administrativas de alcance nacional, la situación empeoró para las autoridades civiles y militares del Distrito Norte, porque perdieron autoridad, legitimidad y financiamiento para poder operar en las diversas localidades de la región.  En este contexto comenzó a figurar Esteban Cantú Jiménez (el cual había llegado al Distrito Norte con un destacamento militar que el gobierno federal envió para sofocar una revuelta en los poblados de Tijuana y Mexicali en 1911) quién a finales del año de 1914,con el respaldo del destacamento militar a su cargo, desplazó al jefe político en turno y ocupó su lugar.

De inmediato, el coronel Cantú implementó medidas de carácter político y fiscal que le permitieron mantenerse en el gobierno durante los siguientes cinco años. La primera, consistió en adherirse a la facción política fuerte del momento para luego girar, según las circunstancias nacionales, de un posicionamiento político a otro. Por ejemplo, a finales de 1914 pactó aliarse con la facción de Francisco Villa, aunque solo fue nominalmente; en 1915 durante la guerra entre convencionistas y constitucionalistas declaró que se mantendría neutral ante la lucha de facciones; y en 1916, luego del ataque de Villa a Columbus, expresó que mantendría una postura neutral frente a una posible guerra entre México y Estados Unidos; finalmente, comenzó a negociar su acercamiento con el Primer Jefe cuando el constitucionalismo adquirió mayor fuerza a nivel nacional hasta que, en 1917, le fue otorgado el reconocimiento como gobernador del Distrito Norte por parte del presidente Venustiano Carranza. 

Imagen de la Colección Clemente González Encinas del Acervo fotográfico del IIH-UABC

En cuanto a la parte fiscal, el gobierno del coronel Cantú reglamentó y reguló las actividades de esparcimiento social vinculadas con casas de apuestas, prostitución, consumo de enervantes, bebidas alcohólicas y prostitución; fomentó el turismo estadunidense y salvaguardó las inversiones de empresarios extranjeros en el sector agrícola. Dichas medidas le permitieron una captación de ingresos considerables al grado de poder sostener su propio aparato administrativo y militar sin necesidad del subsidio federal.

La activación de la economía en el Distrito Norte fue posible porque el coronel Cantú logró mantener su gobierno al margen de los conflictos entre facciones y grupos políticos que buscaban deponer al presidente Carranza. Concentró sus esfuerzos en crear un sistema de recaudación financiera sólido que le permitiera recabar el máximo de ingresos para solventar el pago de los funcionarios civiles y militares con los cuales pudo establecer el orden y la seguridad que buscaban los inversionistas locales y extranjeros.

Imagen de la Colección Clemente González Encinas del Acervo fotográfico del IIH-UABC

Las maniobras políticas y financieras del gobierno del coronel Cantú hicieron posible invertir en obras públicas, tales como la edificación de escuelas y hospitales, la construcción de carreteras, por ejemplo, el Camino Nacional, que comunicaba Mexicali con Tijuana, la instalación de alumbrado, tuberías, drenaje, la formación de un sistema de comunicación telegráfica. Además, el gobierno federal comenzó a percibir ingresos fiscales provenientes de las actividades productivas del Distrito Norte, por lo que dejó de convertirse en una carga para el erario. 

Imagen de la colección Clemente González Encinas del Acervo fotográfico del IIH-UABC

La prosperidad en la región comenzó a llamar la atención de individuos que tenían peso en las decisiones al interior del gobierno constitucionalista, por ejemplo, los sonorenses Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta, quienes no miraron con agrado la ambigüedad política con la que se había manejado el coronel Cantú. Por lo que se dieron a la tarea de enviar a sus agentes para que investigaran las principales fuentes de ingresos del gobierno local y recopilaran información sobre la situación política al interior de la base de apoyo del coronel con la intención de mermarla poco a poco.

La disputa por el control del Distrito Norte generó una serie de relaciones tensas entre el gobernador Cantú y el grupo sonorense. Estos buscaron, en varios momentos, desplazarlo de la gubernatura pero la relación que mantenía con los inversionistas extranjeros y los recursos fiscales que el gobierno del presidente Carranza percibía del Distrito Norte jugaron a su favor. Sin embargo, luego de la rebelión de Agua Prieta y el ascenso de estos individuos al gobierno federal, durante la primavera de 1920, puso en riesgo su continuación en el gobierno.

Durante el verano de 1920, hubo varios intentos fallidos de negociación entre el gobernador Cantú y el presidente interino, Adolfo de la Huerta, para llevar a cabo una transición gubernamental pacífica. Ante la negación del coronel por dejar el cargo, los sonorenses optaron por una serie de medidas coercitivas que consistieron en cerrar la frontera con el objetivo de mermar el comercio local, enviar a sus agentes al Distrito Norte con la intención de cooptar a las autoridades civiles y militares que lo apoyaban y enviar un contingente armado al mando del general Abelardo L. Rodríguez para que combatiera al contingente que permaneciera leal al gobernador.

Las acciones implementadas por el presidente interino tuvieron éxito, por lo que el gobernador Cantú entregó el cargo a Luis M. Salazar en agosto de 1920. Luego de su partida, el grupo sonorense afianzó sus intereses en el Distrito Norte y continuó con la misma política fiscal que el coronel había implementado durante su gobierno, por lo que la región siguió representando un botín que los grupos políticos del momento continuaron disputando.

César Alexis Marcial Campos

Estudiante de doctorado del PMDH del IIH-UABC

Polvo (2019). Dir. José María Yazpik, 88 min.

Decía Andy Warhol que a todos nos llega la fama, por lo menos, durante 15 minutos. Ahora tocó el turno a San Ignacio, Baja California Sur, pues gracias al actor, y recién estrenado director y guionista, José María Yazpik, la fama de la pequeña localidad sudcaliforniana será tan efímera como quería Warhol. Ambientada en el año de 1982, la película se suma a una serie de obras que retratan el paisaje carretero de Baja California pues, en cierto sentido, el género de road movie encuentra buena iluminación en nuestro bastión de la patria. Ni en Bajo California: el límite del tiempo (1998, dir. Carlos Bolado, 96 min.), o en Camino a Marte (2017, dir. Humberto Hinojosa, 94 min.), adquiere tal protagonismo San Ignacio y, sobre todo, su estereotipo de candor y pereza colectiva al que se asocia este pueblo que además de ser el oasis más grande de la península conserva uno de los templos misionales mejor conservados de las Californias. 

Aunque la trama ocurra la mayor parte del tiempo en San Ignacio, Polvo es un film transpeninsular pues comienza en Tijuana y termina ahí mismo, a unos pasos de avenida Revolución, en la Coahuila. No cabe duda que el guión y los personajes atraviesan la vida de José María Yazpik, tijuanense por adopción. Lo anterior resulta obvio por el guiño biográfico de El Chato, protagonista interpretado por Yazpik, cuya historia de fracaso como actor de Hollywood le orilla a trabajar de cadenero de un burdel fronterizo y emplearse forzadamente, para beneficio de la historia, como peón emisario del crimen organizado. Sin la intención de dar spoilers, el tráiler ya revela que el desplome de una avioneta cargada con media tonelada de cocaína será la caja de pandora, con burbuja inmobiliaria incluida, que modificará rápidamente el curso y la estructura de vida en San Ignacio. 

Dejemos a los críticos de cine las reseñas de Polvo. Nuestro único interés por verla, premurosos, el fin de semana de su estreno se debe a la enorme obsesión que despierta en nosotros la península de Baja California, y de manera particular, la carretera federal que recorre ambas entidades. Desconfiados, nos sentamos en la butaca pensando que Yazpik realizaría otra representación más acerca del pueblo sudcaliforniano y terminaría creando un documento cinematográfico que serviría como escaparate de la explotación cultural y ambiental que desencadena la migración y el turismo nacional e internacional. Lo cierto es que la representación que la obra consigue, junto a las estupendas actuaciones de Mariana Treviño, Joaquín Cosío y Angélica Aragón, es muy cercana a los usos y costumbres de los sudcalifornianos. Permítasenos ilustrar el punto con una anécdota personal. 

La última ocasión que estuvimos en el pueblo fue en año viejo de 2009 y luego de beber unas cervezas en el zócalo frente a la misión, tal y cómo hacen los personajes de Polvo, fuimos a una tienda de abarrotes cercana que rentaba los sanitarios. Tras pagarle al tendero y observar que éste no estaba preocupado por indicarnos el camino, le preguntamos por su ubicación. “El perrito les va a enseñar”, sorprendidos observamos al adiestrado falderillo señalar el rumbo con su hocico hasta llegar a la puerta del baño. La gente en San Ignacio supo construir un estilo de vida sustentable (“relaciones bióticas”, les llamaría la historiadora Micheline Cariño) en que las aspiraciones de movilidad social y expectativas de crecimiento y desarrollo económico son mínimas. Así, con estupor y siendo muy modorros, previenen desastres. Ajenos a este mundo, por ejemplo, los productores trasnacionales de alimentos critican a los nativos por carecer de una estrategia comercial agresiva e intensiva para industrializar las palmeras datileras. No en San Ignacio: su mérito es mantenerse alejada del mundo. Con excepción de las cervezas en copa, allá afuera hay poco que pueda interesarles.  

Dicho esto, San Ignacio se convirtió, para la opera prima de Yazpik, en el espacio arquetípico de una ruralidad mexicana que despierta sincera nostalgia. Durante hora y media, el pueblo es fiel reflejo de las tramas campiranas de la época del cine de oro nacional. No en vano, en el clímax del film San Ignacio recibe la visita de un cine ambulante que, además de proyectar una película en blanco y negro seguramente grabada en los estudios Churubusco o Tepeyac, genera las burlas colectivas contra El Chato pues jamás pudo colarse en la industria cinematográfica. La representación que Polvo procura es bastante fiel al grado de capturar a la perfección el acento calisureño, sin violentar demasiado los diálogos con ciertas palabrotas bastante usuales en Baja California Sur. 

No cabe duda: la película pudo haber salido de algún relato de las plumas costumbristas afiladas al Partido Revolucionario Institucional como las de Jesús Castro Agúndez o Armando Trasviña Taylor. Sin embargo, Yazpik introdujo el ingrediente noir, pues al recapitular su comportamiento en redes sociales, uno descubre que es bastante crítico con respecto al clima de inseguridad pública que azota al país. Aunque inscrita en cierto discurso de historia contemporánea, la película es la analogía sobre el papel presente de los héroes anónimos que protegen a la comunidad nacional de las grandes masacres que provoca la violencia gratuita del narcotráfico. La gran mayoría de la gente en San Ignacio desconocía el polvo blanco que les cayó del cielo, pero sabían muy bien que la expulsión de algunos miembros de la comunidad es necesaria e irremediable. Tal es el destino de El Chato y del propio Yazpik pues el final abierto dejará insatisfecho a más de un crítico. Aquellos que amamos Baja California, con locura y sin pedirle nada a cambio, sabremos apreciar la última toma antes de los créditos: con ese gesto vacío, con la mirada puesta en Tijuana y ese mal necesario que es el consumo de estupefacientes de los turistas estadunidenses, pensamos en nuestra casa. 

Víctor Manuel Gruel Sández 

En memoria de Miguel León-Portilla

El Instituto de Investigaciones Históricas lamenta profundamente el fallecimiento, efectuado el día primero de octubre último, del Dr. Miguel León-Portilla, destacado estudioso de la historia de Baja California y visionario impulsor de su institucionalización.

Fue él uno de los factores fundamentales para que se fundara en 1975 el Centro de Investigaciones Históricas UNAM-UABC, antecedente de nuestro Instituto y además de participar en esa etapa fundacional, a lo largo de su vida mantuvo un estrecho contacto con nosotros, que se tradujo en estimulante orientación y aliento.

Ascensión Hernández y Miguel León-Portilla inaugurando la “Colección California Mexicana, Ascensión y Miguel León-Portilla”, en la biblioteca del IIH-UABC

Entre los múltiples ejemplos que en ese sentido podemos citar, baste hacer referencia a que el vocablo cochimí Meyibó, que da nombre a nuestra revista, fue inspiración de él; participó como coautor y en los consejos editoriales de importantes obras colectivas que publicamos;  fue conferencista magistral en diversos congresos nacionales e internacionales a los que convocara nuestro Instituto y en una muestra de notable generosidad nos donó, junto con su esposa la también historiadora Ascensión Hernández, la valiosa “Colección California Mexicana, Ascensión y Miguel León-Portilla”, que incluye más de 1600 libros, folletos y mapas sobre Baja California, que vinieron a enriquecer el acervo de nuestra biblioteca.  A eso hay que agregar el considerable número de obras de su autoría personal, relativas a temas de historia bajacaliforniana de su preferencia: lenguas y etnografía de los primeros californios; cartografía y crónicas de la etapa misional, etcétera.

Por todo ello, al lado de su reconocido prestigio como autoridad en lo concerniente en la cultura náhuatl, por el que se le está rindiendo homenaje nacional e internacional, aquí agregamos, con particular admiración y agradecimiento, su perfil de eminente escudriñador de la historia de Baja California  y generoso impulsor de nuestro Instituto.

David Piñera Ramírez